Pentecostés

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—«Cuando venga el Defensor,
que os enviaré desde el Padre,
el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
él dará testimonio de mí;
y también vosotros daréis testimonio,
porque desde el principio estáis conmigo.

Muchas cosas me quedan por deciros,
pero no podéis cargar con ellas por ahora;
cuando venga él, el Espíritu de la verdad,
os guiará hasta la verdad plena.
Pues lo que hable no será suyo:
hablará de lo que oye
y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará,
porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío.
Por eso os he dicho que tomará. (Jn 15, 26-27; 16, 12-15).

Reflexión

La Biblia es un libro lleno de viento y de caminos. Así aparece también el relato de Pentecostés, lleno de caminos que tienen como kilómetro cero a Jerusalén y repleto de ventoleras, que, a veces, son como una brisa y otras, como un huracán que invade las casas, las llena y moviliza a todo el vecindario. Un viento que transporta el polen de una nueva primavera y llena de fecundidad la tierra.

“Llenó la casa donde estaban reunidos los discípulos”. La casa, un lugar ordinario, como tu casa y la mía… Dios no permite que lo secuestren y lo encierren en los lugares que nosotros llamamos sagrados. Sagrada puede ser tu casa y la mía. Y esto pasa, cuando menos lo esperamos, de repente, sin programación previa, porque el Espíritu de Dios es fuente de libertad y no soporta esquemas, normas de tráfico.

“Aparecieron lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos”. Sobre cada uno, sin excluir a nadie, aquí no cabe hacer distinciones. El Espíritu toca cada vida, las diversifica y las transforma en vidas creativas. Las lenguas se dividen y cada una ilumina con luz propia.

¡Qué necesidad tenemos del Espíritu! Tiene necesidad este pequeño mundo nuestro, autoreferencial en casi todo lo que decimos y hacemos, encerrado en sí mismo, y tiene necesidad porque es imprescindible que todos nos abramos a todos y seamos capaces de sacar cada uno lo mejor que tenemos para ofrecerlo a los otros, con nuestra genialidad particular y propia. Tenemos necesidad de discípulos con creatividad propia, animosos. Tenemos necesidad de que cada uno de nosotros crea en sus propias posibilidades y que ponga al servicio de la vida sus dones, su coraje. La Iglesia de Pentecostés es la Iglesia que arriesga, que sale, que inventa ¿Cómo nos cuestiona esto?

Después de que Dios nos crea a cada uno de nosotros, Dios no rompe el molde y nos lanza sin más a la vida. El Espíritu continúa en nosotros la obra pendiente: llegar a ser lo que somos. Y el Espíritu colabora con nosotros haciéndonos únicos en la forma de relacionarnos, en la manera de encontrarnos entre nosotros, en el modo de aportar esperanza, en la forma de consolar al otro y de saborear la dulzura de las cosas, la belleza del mundo. Siempre de forma única. Irrepetible. En el fondo, nadie sabe cómo vivimos cada uno un acontecimiento determinado, cómo lo experimentamos, cómo lo saboreamos, cómo repercute en nosotros y cómo lo comprendemos.

“Cuando venga el Espíritu les irá enseñando la verdad plena”, porque eso es la vida. Jesús no tiene la pretensión de haber dicho la última palabra sobre todo, como muchas veces lo pretendemos nosotros. En adelante la verdad es algo que se va haciendo, es un camino que hay que ir recorriendo. Nosotros no pertenecemos a un proyecto cerrado, sino a un proyecto abierto, no somos seres condenados a un sistema cerrado y definitivo. En Dios y movidos por el Espíritu hemos de descubrir nuevos mares y ojalá nunca nos cansemos de desplegar la vela de nuestra vida al viento del Espíritu.

Animo pues. Impliquémonos en sacar lo mejor de nosotros y pongámoslo en acción, preguntémonos qué podemos hacer por los demás, a nivel individual, pero también a nivel de comunidad, de parroquia y lancémonos a recorrer esos caminos que se abren a nuestras posibilidades. No tengamos miedo, el Espíritu nos irá enseñando.

No busquemos perfecciones en nada, ni en nadie, para empezar a dar pasos. Simplemente dejémonos interpelar por las necesidades que vamos encontrando y construyamos día a día, con las mil imperfecciones de siempre, lo que el Espíritu nos va presentando y nos va haciendo ver: “Yo nos les dejo huérfanos…le envío al Espíritu que les irá llevando a la verdad plena ” y no precisamente a sumar y sumar cosas nuevas, sino más bien a leer por dentro, a interiorizar y crecer en el conocimiento y en la experiencia de lo que quizás ya sabemos.

Escrito por