Pal` Pino, con mascarilla y guardando las distancias

Cuando llega septiembre, todos los caminos en Gran Canaria conducen a Teror. Especialmente los días previos al 8 de septiembre. Al atardecer, mientras las montañas se disponen a dormir tapadas por la noche, las veredas, senderos, arcenes y caminos se llenan de luces, de voces; de agitación y música.

Vamos, ven y no me dejes, caminito de Teror…
Vamos, que allí nos espera, linda la Madre de Dios.

Es el pueblo a la búsqueda de sus raíces, como si un innato atavismo lo empujara río arriba a la búsqueda de su fuente. Camina, canta, reza, bebe y crea lazos. Y, en el vértice del itinerario, Ella: La mujer, la madre, la resistencia y verticalidad del pino, el agua, los castañeros, el pio-pio de los canarios, la tierra colorada, el pueblo, lo añorado, el misterio… Toda una paleta para dibujar el centro, los inicios.

El Pino es el icono de una identidad, el piñón que unifica y da cohesión a las diferencias. Forma parte del colectivo imaginario de un pueblo que más allá de lo real e incluso en lo real, encuentra en la Virgen la clave de bóveda de una historia de fusiones culturales que da consistencia y solidez a lo que somos en la actualidad. Es la fe hecha cultura y, por lo mismo, activa y generadora de futuro.

De esto no podemos prescindir. Ignorar estas mutuas influencias y estas inter-relaciones sería un suicidio en un mundo cada vez más pixelado y global. Es el eterno problema entre lo particular y lo universal, entre lo inmediato y lo global, que tantas tensiones genera hoy.

Esto está ahí. Este año también. Sería un error, por tanto, quedarnos puramente en lo folclórico y no alimentar sustancialmente lo que significa y le da sentido a nuestras diferencias.

Este año las cosas no son como antes. En medio del repunte de la pandemia sólo queda prevenir. Se nos recomienda quedar en casa, no peregrinar a Teror, ni siquiera con mascarilla o guardando las distancias. Y es lo mejor que podemos hacer y presentar como ofrenda en estas jornadas de rezos y de piedad. Pero nadie nos podrá prohibir ese viaje al interior siempre a nuestro alcance. Si no recorremos las veredas y atajos de otros años para llegar al santuario, sí podremos volvernos sobre nosotros y preguntarnos por el sentido de aquello para que no quede como un simple “contenedor ritual” de lo que se ha llamado “museización” de lo religioso.

El gran peligro de estos gestos de religiosidad popular: caminatas, peregrinaciones, romerías o procesiones es que muchas veces pueden ser celebrados, y de hecho lo son, sin el apoyo de un proceso interior. Peregrinaciones que no llegan a ninguna parte y se diluyen en una supuesta meta que no es ya el santuario, lo sagrado percibido en un espacio concreto, sino el haber cumplido un ritual, hueco y superficial, que sólo sirve para mantener, con frecuencia de forma interesada, una realidad artificial que ya no es. Por eso, este viaje al interior que propongo, es único e irremplazable. Da para mucho.

Creer es “caminar”. Es este un lenguaje familiar para un cristiano y no, por casualidad, las primitivas comunidades lo llamaron así, recuperando el término y el ritual como “arquetipo”. “Peregrinar, caminar, ir de romería, procesionar…” están de actualidad. Se vacían las iglesias, pero todas estas prácticas gozan de buena salud y son experiencias aprovechables. Junto a los peregrinos de siempre, tradicionales y religiosos, se suman nuevos peregrinos seculares. Muchos de ellos sólo buscan la sensación del camino solidario, pero también es posible que algunos de ellos puedan convencerse de que el Dios asediado y silenciado por la cultura moderna se experimenta mejor en algunos sitios. Por todo ello, merece nuestra atención:

Teror, las mareas del pino, el comienzo del curso pastoral y el paso a la otra orilla para muchas actividades y proyectos: “Eso después del Pino”. Mareas que suben, bajan y rompen con fuerza, como el covid, sus secuelas y la resaca social que amenaza con arrastrarnos a crisis desconocidas.

El cambio episcopal que cierra un período en estado de inventario y que abre al vértigo de lo desconocido. Una sociedad en pandemia, esbozada y con miedo que hace balance sin encontrar respuestas para saldar el déficit. Y, al mismo tiempo, fuerzas ocultas que emergen como esperanza. Todo a un mismo tiempo. Desconcierto político, temblores en la banca, cierres de hoteles, pateras que encallan en las orillas y como horizonte una vacuna que no acaba de llegar e inseguridad ante lo de siempre, lo habitual. Todo lo llevamos este año en la mochila. Y, a pesar de todo, esperamos aprender de lo vivido, sacar lecciones de la fatiga:

Se puede vivir con menos. Nos necesitamos unos a otros. Es urgente que nos preguntemos no sólo por las medidas sanitarias, también por la civilización que hemos estado alimentando. Promover respuestas adecuadas y aprender a resistir, como el pino canario. Ni el fuego puede con él.

Aprender requiere despojarnos y mirar con ojos de niño. En todas las direcciones: social, política, familiar, eclesial…Aprender y remar siempre, siempre remar: todos vamos en la misma barca.

Este viaje requiere concentración y ganas, solo funciona con esperanza. Hoy no vamos a Teror, Ella viene a cada uno y nos refuerza la pertenencia: somos canarios. En este caminar hacia dentro se aconseja silencio. No vamos solos, la dimensión comunitaria de la peregrinación es irrenunciable – somos parte de un todo – pero si hay distancia suficiente, podremos quitarnos la mascarilla, nunca la esperanza.

(José L. Guerra. Publicdo en La Provincia el domingo 6 de septiembre de 2010)

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