Nuestros difuntos

Ha concluido el verano y el otoño va despojando a los árboles de sus hojas teñidas de fiesta. Avanza el año y la noche se hace más larga. Y es, en esta estación, después de las últimas cosechas, cuando significativamente celebramos la memoria de los muertos: Hombres y mujeres nacidos en nuestra tierra y que ahora han vuelto de nuevo a la tierra de donde salieron.

Recordarles es, para los que seguimos vivos, una necesidad. Han formado parte de nuestra vida y han dejado en nosotros su huella.

Sabemos que las sepulturas y las tumbas llevan miles y miles de años con nosotros. Al menos desde el hombre del Neanderthal. El cuerpo muerto no era abandonado como alimento para las aves o los carroñeros del entorno como hace el resto de los animales, sino que era depositado en las cavernas, bajo tierra, en una posición de reposo y rodeado de piedras y objetos que eran un signo – tal vez, una ofrenda – que los vivos hacían al muerto. También el “ homo sapiens”, nuestro antepasado en Europa, enterraba a sus muertos con ofrendas y con ornamentos aún más sofisticados.

¿Por qué esta necesidad que evidentemente diferencia al hombre de otros seres que abandonan a los cadáveres sin particulares atenciones? Posiblemente no podremos dar jamás una respuesta exacta, sin embargo estos cuidados con el cadáver de una persona suponen que entre el vivo y el muerto los lazos no se han roto del todo y, por ello, existe el deseo de mantener el recuerdo del cuerpo del difunto y de expresarle respeto con los dones ofrecidos. Tal vez, ya desde esos tiempos remotísimos, se albergaba en esos ceremoniales cierta esperanza frente a la muerte: la existencia de un más allá.

En cuanto al hebraísmo, desde sus orígenes, vemos testimonios que evidencian la preocupación por contar con un lugar, una tumba, para depositar a los muertos. Abraham, el padre de los creyentes, a quien Dios prometió una tierra, en realidad murió sin poseerla, excepto un pequeño terreno con una cueva, la de Macpela, donde enterró a su mujer Sara y donde también fue sepultado él años más tarde. (Gn 23). En la historia de la salvación es importante este deseo de Abraham de poseer un sepulcro, prueba de que un hombre, una mujer, han vivido en aquella tierra y han tenido lazos de unión con aquellos que les han sobrevivido.

También hoy, la sepultura, constituye una memoria que nos recuerda que cada uno de nosotros ha sido precedido por otros y que existe continuidad entre las generaciones.

El cristianismo – nacido del útero del Antiguo Testamento y de la Resurrección de Cristo – ha dado un significado, aún mayor a la sepultura, a la tumba. El cuerpo del que ha muerto ha sido templo del Espíritu Santo, miembro del cuerpo de Cristo y está destinado a la resurrección. Por eso la Iglesia acompaña la muerte y la sepultura del cristiano con un rito. Por eso el cristianismo ha honrado, como pocas culturas, los despojos mortales y a través de una sepultura, sencilla o monumental, trata de mantener la memoria del difunto y hacerlo presente en la intercesión,  en la oración.

Hoy este memorial del destino de la humanidad, esta “sacramentalidad” del cuerpo y de la tumba que lo localiza, está diluyéndose en nuestra sociedad. La práctica, cada vez más común de la incineración, por otro lado admitida por la Iglesia; la ocultación sistemática de la muerte y su maquillaje continuo; el esparcimiento de las cenizas que hace desaparecer cualquier signo del que nos ha precedido, hace cada vez más difícil conservar esa memoria. Una tumba nos permite alimentar la proximidad, localizar la memoria, mantener lazos, expresar el don, al menos de vez en cuando, con unas flores, una luz, una oración… por supuesto, hacer más humano el duelo.

Ninguno de nosotros se salva solo. Sólo a través de la comunión en la oración somos capaces de mantenernos en una dinámica de fraternidad permanente. También con los muertos.

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