Navidad

 

(Lc 2, 1 – 14) “Alégrense, les ha nacido un salvador…” En medio de la noche de nuestra vida, a veces tan aburrida, apagada y triste, se nos invita a la alegría: “No puede haber tristeza cuando nace la vida” (S. León Magno).

No se nos invita a una alegría superficial, tampoco se nos invita a la alegría de quienes ríen, cantan y no saben por qué, envueltos en unos villancicos que nacieron un día para adorar a un Dios hecho Niño y hoy permanecen, deformados por la publicidad en los medios o repetidos hasta la saciedad en supermercados o áreas comerciales, sin más finalidad que incitarnos a la compra y al consumo…Luces que lo invaden todo y no iluminan el interior de nadie, estrellas que guían pero que no conducen a ninguna parte.

En esta noche se nos invita al júbilo radiante, a la alegría plena y  a la fiesta solemne: “Dios se ha hecho hombre y ha venido a habitar entre nosotros”.

Dejémonos invadir por la cercanía de Dios, dejémonos seducir por su ternura, manifestada en esta noche en este Niño recién nacido. Recuperemos el corazón de la Navidad y descubramos, detrás de tanto aturdimiento, el misterio que da origen a tanta alegría. Una alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios…Una alegría que crea sentido.

¿Cómo vamos a tener miedo de un Dios que se nos acerca en un niño impotente, necesitado de protección y cuidado como cualquier bebé? ¿Cómo huir ante quien se nos presenta frágil e indefenso?

“¡Levántate, alza la cabeza…porque ya entra el Rey de la gloria, se acerca tu liberación!,” grita el profeta y llega, no revestido de poder, sino en la fragilidad, en la ternura de un bebé, a quien podemos hacer sonreir o llorar.

Más allá de las nostalgias que levantan estas fiestas, por encima y a través de tantos gritos de dolor y personas rotas por el fracaso, la enfermedad o la soledad hay algo en esta noche que a todos nos afecta.

Todos nos deseamos felicidad y paz en estas fiestas, pero nadie ignora la crisis y la desgracia, la violencia y la corrupción. Y justamente, en este contraste entre lo que deseamos y lo que vivimos, entre la paz que buscamos y la violencia que generamos, todos experimentamos que el mundo,- todos y cada uno de nosotros, – necesitamos algo que nosotros solos no podemos darnos a nosotros mismos.

La Navidad, es la fiesta que mejor puede compartir todo el mundo: de hecho, es la fiesta que ha hecho cultura en todas partes…y tal vez sea por esto: somos mendigos de ternura…

Acerquémonos al belén. Guardemos silencio. Es el Evangelio hecho gesto: Este Niño que nacido en un pesebre es “salvación” para todo hombre que viene a este mundo, para los que creen y para los que dudan, para los que buscan y para los que no le creen necesario. Este Dios, hecho ternura, impotencia, cercanía, es mayor que todas nuestras dudas o expectativas, es más grande que nuestras blasfemias y nuestros gritos. Es “Dios con nosotros”.

Abramos de par en par nuestro corazón y demos paso a la estupefacción, al pasmo, a la admiración, al silencio…Dios se ha hecho carne…Lo impensable. ¿Qué me sugiere? ¿Contará conmigo? ¿Qué espera de mí?

Es Navidad y este Niño es Jesús, “el Dios que salva”, y salva, «caminando con nosotros», haciéndose nuestro vecino, compartiendo nuestro pan, atravesando con nosotros las noches y los valles oscuros de la existencia, asumiendo día a día los riesgos del camino…

¡Es Jesús, el Emmanuel, que ha venido para permanecer con nosotros, todos los días, hasta el final del mundo!

¡Dejémonos querer!

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