Navidad

(Lc 2,1-14), (Lc 2,15-20),(Jn 1,1-18).

“Alégrense, les ha nacido un salvador…” En medio de la noche, en el corazón de esta pandemia que nos desconcierta y nos asusta, Dios,  nos invita a la alegría.

“No puede haber tristeza cuando nace la vida” (S. León Magno). No se nos invita a la alegría insulsa y superficial, tampoco a la alegría de quienes ríen y no saben por qué, envueltos en unos villancicos que nacieron un día para adorar a un Dios hecho Niño y hoy, permanecen deformados por la publicidad en los medios, o repetidos hasta la saciedad en las áreas comerciales…Luces que lo invaden todo y no iluminan el interior de nadie, estrellas que guían, pero que no conducen a ninguna parte.

Y, a pesar de todo, tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena, para la fiesta solemne, para dejarnos fascinar por lo que acontece: “Dios se hace hombre y ha puesto su tienda entre nosotros…”.

Los creyentes tenemos que recuperar el corazón de esta fiesta, descubrir, detrás de tanto aturdimiento y superficialidad, el misterio que da origen a nuestra alegría.

Es noche para el silencio, son días para detenernos ante el Belén…No es una simple costumbre folclórica, una simple evocación emocional de un pasado tierno…Es el Evangelio que acabamos de escuchar hecho catequesis, hecho figura.

Busquemos tiempo para callar ante este niño y contemplemos con los ojos del corazón lo que aquí ha acontecido y cómo ha acontecido. No tengamos miedo…¿Cómo vamos a tener miedo de un Dios que se nos acerca como un niño recién nacido, impotente, necesitado de protección y cuidado, como cualquier recién nacido? ¿Cómo huir ante quien se nos presenta frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres… Se nos ha acercado en la ternura, en la fragilidad rotunda de un bebé, a quien podemos hacer sonreir o llorar.

Más allá de las nostalgias que levantan estas fiestas, las ausencias de seres queridos que han partido y ya no están, pero que sentimos más presentes que nunca…Por encima y a través de tantos gritos de dolor y personas rotas por el fracaso, la enfermedad o la marginación, en esta noche hay algo que a todos nos afecta. Y no es precisamente lo que no tenemos, sino todo lo contrario, lo que tenemos y lo que surge entre nosotros.

Es la vida, el nacimiento, el futuro el que se hace presente en la fragilidad del tiempo, en un pobre pesebre, en medio de unos animales, pero cerca del afecto y de la protección de un hombre y de una mujer: José y María.

Es la ternura la que nos salvará, la ternura de Dios y la ternura del gesto y de la palabra del otro que nos hace sentirnos queridos, valorados, crecer. Nuestro mundo camina hacia la robotización, pero jamás podrán arrebatarnos lo que sólo el hombre es capaz de dar: ternura. Aprendamos de Dios y que la nueva normalidad a la que aspiramos y que pretendemos tocar ya con la vacuna anti-covid nos libere de nuestros individualismos, de nuestras apatías, de nuestro corazón de piedra, de nuestro afán de posesión, incluso de aquello de lo que sólo somos administradores, como la naturaleza.

En estos días todos nos intercambiamos saludos y deseos de felicidad, pero nadie ignora que no bastan los buenos deseos y las palabras bien sonantes: ante lo que  deseamos y lo que construimos día a día, legislatura a legislatura, voto a voto, hay una gran distancia, cuando no, corremos en dirección contraria a lo que soñamos.

 Y es justamente este contraste, entre lo que deseamos y lo que vivimos, la distancia, entre lo que buscamos y la dura realidad que nos golpea a diario, llámese pandemia, suicidio asistido, aparcamiento de los colectivos más frágiles de la sociedad, intereses de grupo… Lo que nos hace constatar que el mundo necesita algo que nosotros solos no podemos garantizar.

La Navidad, es la fiesta que mejor puede compartir todo el mundo. De hecho, es la fiesta que ha hecho cultura a nivel global…Y quizá sea por esto: nuestra existencia, nuestra precaria condición humana, frágil y desvalida, necesita ternura, necesita renacer, necesita capacidad de admiración, soñar con un futuro mejor y eso sólo nos lo puede garantizar la mirada de un niño.

Este niño es Dios hecho hombre; a pesar de su fragilidad, su Palabra  es mayor que nuestras dudas y su amor al hombre es más grande que nuestras blasfemias y gritos. Es “ Dios con- nosotros”.

Silencio. Es de noche y Dios se hace carne, Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios. Silencio…

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