Monseñor Romero

El sábado, 23 de mayo, fue beatificado en San Salvador Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Fue asesinado el año 1980 por los llamados “escuadrones de la muerte” mientras celebraba la Eucaristía en un hospital de enfermos de cáncer. Sus últimas palabras dieron la vuelta al mundo. ¿Le asesinaron por su fe o por sus ideas? ¿Su muerte fue política o religiosa? Esta distinción más ociosa que sutil fue lo que sembró la duda en Roma.


Su causa, abierta a nivel diocesano en 1994, llegó al Vaticano en 1997. Desde entonces han pasado tres papas y allí quedó congelada durante años. Pero Monseñor Romero es un corredor de fondo y ha resistido a pesar de los obstáculos. A su beatificación asistieron varios jefes de estado latinoamericanos, cinco cardenales, 15 arzobispos, sesenta obispos y más de 250.000 personas. Se concluyó así une de esos largos procesos de los que sólo la Iglesia tiene el hilo del ovillo. El grito de “santo súbito” fue, en su momento y sigue siendo, casi unánime y tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI se manifestaron siempre favorables a su reconocimiento, pero tuvo que venir el papa Francisco para pasar de las palabras a los hechos.


El miedo a que su mensaje y su combate en favor de los pobres fueran instrumentalizados por un sector político o por sus detractores fue, aparentemente, la razón última de esta interminable historia. Esto, al menos, se deduce, de la respuesta que el papa Ratzinger dio a una pregunta de los periodistas en su viaje a Brasil en el año 2017:”El problema estaba en que un sector político quería instrumentalizarlo como bandera, como figura emblemática. ¿Cómo poner en evidencia de forma justa su figura, preservándola de esas tentativas de instrumentalización? Ese es el problema”, concluyó el papa. En efecto, a pesar de que Monseñor Romero nunca defendió la violencia, ni estuvo próximo a las corrientes de la Teología de la Liberación, su muerte – del que fue reconocido como la “voz de los sin voz” – hizo de él un icono para los católicos más progresistas e incluso para los partidos radicales de izquierda, y le llevó a ocupar espacios junto al Che Guevara en las paredes de conventos y edificios públicos. Una apropiación, sin duda partidista, por parte de la izquierda de entonces y que sembró la confusión sobre su martirio. ¿Realmente fue “in odium fidei” (por “odio a la fe”)?”


Sí, monseñor Romero murió asesinado por su opción por los más pobres, por la defensa de una justicia que nace del Evangelio, por su coherencia. Así lo determinó por unanimidad el Colegio de teólogos de la Congregación para la causa de los santos y, como tal, será venerado en la Iglesia a partir del próximo sábado. Se cierran así décadas de maniobras que pretendían imponer una interpretación meramente política de su asesinato. Monseñor Romero es un mártir formal y real y, si alguien lo duda, que lea esta recomendación que, días antes de su asesinato, hacía a los militares: “Un soldado no está obligado a obedecer una orden que va contra la ley de Dios. Nadie debe respetar una ley inmoral. Es tiempo de obedecer antes a la conciencia que al orden del pecado. La Iglesia, que defiende los derechos de Dios, la ley de Dios, la dignidad humana, la persona, no puede permanecer callada ante tanta ignominia…Os lo pido en nombre de Dios, en nombre del pueblo que sufre, cuyos lamentos suben hasta el cielo y son cada vez más fuertes. Os lo suplico, os lo ordeno en nombre de Dios: ¡Paren la represión!”.


Lo que pretendieron parar fue su voz en plena Misa, el 24 de marzo de 1980. Pero, aunque se le atribuye esta frase que nunca pronunció, bien pudo pronunciarla con sentido profético: “Si me matan resucitaré en el pueblo”.


Frente a los esprínteres de las hornacinas, la carrera de Monseñor Romero ha sido una carrera de fondo. Más que un maratón, una yincana. Montañas de cartas enviadas al Vaticano con acusaciones de todo tipo del catolicismo más reaccionario impidieron y retardaron la beatificación de Romero. A favor de esa corriente trabajó el influyente cardenal colombiano López Trujillo, encargado en la Santa Sede de las cuestiones relacionadas con Latinoamérica que, contra viento y marea, defendió que beatificar a Romero sería canonizar la teología de la liberación.
Extraño destino, sin duda, el de Monseñor Romero que, como ahora pone en evidencia una historiografía reconciliadora, jamás se adhirió a la teología de la liberación. Una teología que con la llegada de Romero a los altares cierra, a su vez, un proceso de rehabilitación que comenzó con Benedicto XVI. La teología de la liberación, rechazada en bloque injustamente, es hoy reconocida en lo que ha producido de bueno y permanente. Una teología que ha dado lo mejor y lo más fecundo a la Iglesia católica de América en estos últimos tiempos: hombres y mujeres defensores de los pobres, santos, y mártires, entre los que puede contarse un hombre tan tradicional, como Monseñor Romero. En los años de plomo que conoció América latina no todo fue ideal, pero se puede afirmar que el cristianismo fue en esos años el único bloque de resistencia global frente a los regímenes y formas que asumió la opresión política, la explotación del hombre y el odio a la fe. Tres formas de abuso que suelen ir de la mano.


Sin embargo, si la llegada a los altares ha sido lenta, a Monseñor Romero le bastaron sólo tres años – de 1977 en que fue nombrado obispo de la diócesis de San Salvador por Pablo VI a 1980 en que fue asesinado – para alcanzar la categoría de mártir y emerger como símbolo mundial, reconocido por las Naciones Unidas, candidato al nobel de la paz en febrero de 1980 y celebrado por las otras iglesias cristianas: su escultura, franqueada por la de Luther King y el pastor protestante Dietrich Bonhoeffer, nos contempla desde la Galería de los 10 mártires del siglo XX en la Abadía de Westminster.


Romero se movilizó porque vio las condiciones reales en las que se encontraba el Salvador y, porque, poco tiempo después de su nombramiento, Rutilio Grande, el jesuita encargado de ayudarle en su difícil tarea pastoral cayó víctima de las balas de la policía. Esto, según testigos de la época, fue determinante en la evolución del arzobispo. Después de Rutilo, siguieron otros, catequistas, sacerdotes, religiosas…todo un rio de sangre que ha modelado la geografía espiritual de Centroamérica.


Hoy, sin duda, sigue habiendo obispos aliados con el poder o cristianos de comunión que viven de espaldas a los pobres, pero está claro, quizá con mayor rotundidad, cuál es la apuesta que todos debemos hacer y cuál es el camino que prioriza el Evangelio.(Publicado en la Provincia el 15 de mayo de 2015)

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