María, madre de la Iglesia

Por primera vez, celebramos hoy, la memoria litúrgica de María “Madre de la Iglesia”. La memoria que celebramos en esta fiesta está íntimamente unida a la solemnidad que celebrábamos ayer domingo, Pentecostés. Un día en que celebramos la venida del Espíritu sobre los apóstoles, reunidos en una casa, con María la madre de Jesús, cincuenta días después de la Resurrección. Un acontecimiento que abrió caminos nuevos a aquel grupo de hombres y mujeres que, desde el principio, vieron en María, como no indica la tradición de la Iglesia, un modelo y una testigo de lo que la misma Iglesia debe ser siempre: madre que engendra a Jesús, educadora estable y transparente en la “revolución de la ternura”.

Este título de María “madre de la Iglesia” nos remonta a la definición que el Papa Pablo VI (que será canonizado el próximo 14 de octubre) pronunció al finalizar la tercera sesión del Vaticano II. Cuando el Papa, en nombre de todo el pueblo de Dios, reconoce a María con este título, tiene delante la Constitución conciliar que, especialmente en el capítulo VIII, está dedicado a la Madre de Dios. María no puede ser separada de la Iglesia, una y otra están unidas estrechamente por su fe en Cristo.

María no ha generado a la Iglesia, la Iglesia es fruto de la acción del Espíritu que nos hace hermanos y herederos de Cristo, pero María, se convierte en referencia y en paradigma de una Iglesia que quiere ser, como ella, seguidora fiel y creyente del Señor. María se convierte así en un signo provocador de esa autenticidad, que la Iglesia necesita siempre para ser ella misma.

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