Madrid nevado, como no se veía desde hace 50 años

Filomena (la que ama cantar, esto significa su nombre), a quien San Juan María Vianney invocaba y se encomendaba frecuentemente, ha dejado a su paso un manto blanco de nieve y agua que todavía se despeña en nuestras cumbres buscando el mar. Un mar que, a veces, encuentra pronto en el cauce de uno de los tantos barrancos que hieren la isla. Son las presas sedientas que le salen al paso, la abraza y la tranquiliza.

«¡Bendito seas, Padre que por Jesucristo, con la fuerza de tu Espíritu, das vida y santificas todo…!» (III Plegaria Eucar.)

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