Lunes Santo. Meditación sobre el Evangelio

(Jn 12, 1-11)

El evangelio de este día nos invita a entrar en un ámbito donde las lágrimas y el olor a perfume se mezclan casi por igual. Es un marco saturado de vida…En él se mueven diferentes personajes: Jesús, el fariseo, el resto de invitados y una mujer que irrumpe en la escena con un gesto tan inesperado como inoportuno.

Tratemos de ponernos del lado de la mujer, como se puso Cristo, y miremos todo con sus ojos. Jesús, tiene una mirada especial, por supuesto nada que ver con la mirada del fariseo: Pasa por encima de las contradicciones morales de aquella mujer para fijarse en el germen, en la raíz de donde surge todo aquello que hace. Jesús se fija en el germen divino que moviliza toda vida, un germen que también habita el corazón de esta mujer marginada y lo pone de manifiesto.

¿Se imaginan ustedes qué fuerza tendría que sentir aquella mujer por dentro para desafiar como lo hizo, todos los tabúes de entonces, todas las prohibiciones y rituales que había que acatar?, ¿Se imaginan hasta qué punto, esta mujer estaba convencida de la compasión y misericordia de aquel joven rabí, del que había oído hablar y contar cosas, para estar segura de lo que hacía: Tocarlo, llorar sobre sus pies, besar, que no le iba a incomodar y, por tanto, no sería rechazada por él, no sería despreciada, humillada  delante de todos?

Ella lo tiene claro y va directa a lo que cree que debe hacer, no le pide permiso. Está haciendo algo que crea malestar entre los presentes, algo inconveniente: sus manos, su boca, sus lágrimas, su cabellos…Todo concentrado sobre aquellos pies, en el marco de una comida, en casa de un guardián de las leyes, un fariseo, que prohibía semejante descaro.

Ella conoce mejor que nadie de los presentes el corazón de Jesús: ”Simón, dice Jesús, tú no me has dado ni siquiera un beso de bienvenida…Sin embargo esta mujer desde que ha entrado no ha dejado de besarme…” Jesús no rechaza el cariño, el afecto…Aún más lo busca y se mueve entre el rechazo total y el amor en exceso…No rehuye a las personas, no evita los ambientes que le muestran cariño, cercanía, complicidad.

Este relato manifiesta la profunda humanidad de Cristo, rostro privilegiado de Dios y del hombre. Jesús no sólo da afecto, sabe también recibirlo, buscarlo. Ama y se deja amar y así su humanidad y su divinidad se encuentran, se reconocen.

Simón, vuelvo a insistir, era un fariseo y por definición un hombre duro, legalista, para el que la norma era un absoluto. Nos pasa a veces… ¿Por qué? Por qué la religiosidad hace, a veces, insensible nuestro corazón? Nos pasa cuando reducimos nuestra relación con Dios a observar, a cumplir y de ahí no pasamos. En lugar de hacer de toda nuestra vida una respuesta al amor de Dios, también del cumplimiento de las normas, nos quedamos en la letra, creemos que basta con que Dios nos registre en su libro de contabilidad lo que hacemos. Pero no, lo que no nace del amor se quedan en pura apariencia y Dios no lo reconoce.

“Se le ha perdonado mucho, porque ha amado mucho”. Jesús con esta frase está comunicándonos una imagen de Dios muy diferente a ese Dios al que tememos y no amamos…Nos está revelando a un Dios que pone a la persona por encima de su misma ley. Porque su primera ley, su primer mandato, su primera forma de dar gloria a Dios y alabarlo, es que el hombre viva.

Jesús nos invita a cambiar la clave de nuestra relación con Dios. No es el pecado lo que marca la calidad o no de nuestra fe, sino nuestra disposición a recibir y a dar amor. A menudo pensamos que la fe es un conjunto de normas, deberes y dogmas complicados, con muchas leyes y poco perfume…Pero no es así. Miremos a Jesús, ¿dónde pone el acento, qué destaca? El no se pierde en un laberinto de costumbres o rituales vacíos, no, va a lo esencial: ama y basta. Lo que nace del amor no puede llevar la muerte. “Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín.

Esta mujer que está a los pies de Jesús nos enseña que un solo gesto de amor, aunque sea silencioso y sin mayor repercusión, es más útil al mundo que la acción más aplaudida o la obra más grandiosa. Esta es la verdadera revolución de Cristo: Un solo gesto de amor vale más que todo el oro del mundo, y esto está al alcance de todos, a tu alcance y el mío, en cada momento.

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