“Laudato sii,” la encíclica verde.

La imagen es la de un castillo, una de esas pirámides humanas que proliferan en las fiestas de Cataluña y que son un monumento a la agilidad y al esfuerzo en común. En lo más alto, un muchacho ágil y decidido que contempla el panorama con los pies apoyados en los hombros del último casteller. Está arriba, lo domina todo, pero su puesto depende del equilibrio y de la consistencia de los que están en el piso anterior y éstos de los que están en el nivel inferior. La muchedumbre aplaude su destreza, pero aquel muchacho es absolutamente dependiente de los que están debajo. Como ese hombre, puesto por Dios en la cima de la creación, pero absolutamente tributario de la inmensa placenta donde crece y se desarrolla.


Lo olvidamos con frecuencia y el debate ecológico todavía le parece a muchos cristianos cosa de” los verdes”. El mismo papa Francisco lo puso en evidencia en la homilía del pasado 9 de febrero en Santa Marta: “Cuando nosotros escuchamos que la gente hace reuniones para pensar en cómo custodiar la Creación, podemos decir: ‘pero no, ¡son los verdes!’. ¡No, no son los ‘verdes’! ¡Esto es cristiano! Es nuestra respuesta a la primera creación de Dios. Es nuestra responsabilidad. Un cristiano que no custodia la Creación, que no la hace crecer, es un cristiano al cual no le importa el trabajo de Dios, aquel trabajo nacido del amor de Dios por nosotros. Y ésta es la primera respuesta a la primera Creación: custodiar la Creación, hacerla crecer”.


No es el único Papa que ha hablado sobre medio ambiente. Ya Juan Pablo II abrió el tema en el año 1990 con motivo de la Jornada de la paz bajo el lema “Dios creador” y Benedicto XVI dedicó a la conservación de la naturaleza numerosos escritos, cartas e intervenciones recogidas en un libro – “Por una ecología del hombre” – que mereció ser distinguido con el premio europeo más prestigioso a la literatura ecológica. Sin embargo nunca hasta ahora ningún papa había dedicado al cambio climático una encíclica, reconociendo así la postura de la Iglesia ante un problema que todavía divide al personal y calificándolo, con esta medida, de urgente y mayor.
Y es que el tema ecológico debería ser permanentemente un titular de primera página. El grito de la tierra y las perspectivas negativas que sostiene la mayoría de los científicos no son futo de mentes habitadas de insomnio o invento de unos privilegiados con recursos para llenar el cesto de la compra de productos ecológicos. Es una amenaza que nos cuesta asimilar, aunque cada día las señales de alerta se multipliquen y dejen aquí y allí sus cenizas. Al hombre de hoy le pasa lo mismo que le pasa a la tía de un amigo mío con su gato. Ella dice que no crece, que ese gato posiblemente es enano o está enfermo. Cosa que a él no le parece. Él, que lo ve de tarde en tarde, nota claramente su evolución y su cambio. Ella que está en contacto permanente con el animal no percibe en absoluto su transformación.


Tomar conciencia del gran tsunami que está a las puertas, es una urgencia y un imperativo ético. El hecho de que sea lento no quiere decir que no sea fatal, progresivo. Tampoco las agujas del reloj se mueven aparentemente y, sin embargo, van contando o descontando inexorablemente, según se mire, los días.


La encíclica “verde” dedicada a la protección de lo creado y al derecho de todo hombre a disponer de los recursos elementales para vivir, será la segunda del Papa Francisco, a dos años de la “Lumen fidei”. Aunque hablando con rigor, ésta tuvo como mentor principal al Papa Benedicto y, en todo caso, fue un texto escrito a cuatro manos.


La encíclica acapara la atención, no sólo del mundo católico, sino también de líderes y políticos no cristianos. En este año climático, las propuestas del G 7 recién clausurado en Alemania, la evaluación de los objetivos prioritarios del milenio en septiembre, el discurso del papa en la Asamblea dela ONU en octubre y, en especial, la cumbre internacional sobre el clima que se desarrollará el mes de diciembre en París, son el marco de esta aportación eclesial.

Sin embargo, no todos son aplausos. Sin saber todavía qué dirá este documento, ya han presentado su desacuerdo “preventivo” aquellos que se ponen la venda antes de la herida, acusando al papa de meterse en un campo que no es de su incumbencia. Es lógica su reacción: viven de esquilmar la tierra, del pillaje de sus recursos fósiles y temen que las palabras del papa no sean palabras escritas en el agua.


No se trata de volver a lavar la ropa en las acequias, sino de asumir que el hombre no es dueño de la creación, ni siquiera propietario absoluto de nada, sino gestor, hermano y solidario de la creación entera, “también ella en espera impaciente de salvación definitiva”. En resumen, lograr lo que se ha llamado “desarrollo sostenible”.


El documento papal que verá la luz el jueves próximo, llevará el nombre de “Laudato sii,” “Alabado seas”. Palabras con la que empieza el Cántico de las Criaturas” de San Francisco de Asís, proclamado por Juan Pablo II patrono de los ecologistas. Este poema, compuesto por el santo cuando todavía no tenía 45 años y casi ciego, es algo más que un simple cántico de acción de gracias dirigido a Dios creador, como tantos otros, o una poesía original y romántica. El “poverello”, que vivía y se movía poseído por la bondad y la paternidad de Dios, formuló en este texto, corto pero intenso, un modo nuevo de relacionarse con las criaturas: todas ellas “hermanos y hermanas”.


Es hora de actuar y, por supuesto, de mentalizarse. Adentrarnos en una cultura que empieza por la actuación responsable de cada uno. La contaminación y el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, la deforestación, las catástrofes naturales, el acceso a los recursos primarios del planeta para todos o la integración de los países emergentes, son temas mayores. Temas de vida o muerte y la Iglesia quiere subrayar la motivación ética y hasta teológica de este acuciante problema. Es cierto que los ecologistas han caído a veces en excesos deificando el mundo natural, alimentando un neo – panteísmo que la Iglesia reprueba. Pero hace tiempo que las rayas rojas están señaladas y no es cuestión de entretenernos.


Como suele decir el Papa Francisco, “Dios perdona siempre, el hombre algunas veces, la naturaleza, nunca”

 

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