Lágrimas

Hace unos días, después de tener varios encuentros con sacerdotes y periodistas colombianos, llegué a la convicción de que el resultado del referéndum sobre el “sí” o el “no” a los Acuerdos de Paz alcanzados el 24 de agosto y solemnemente firmados el 26 de septiembre entre el presidente M. Santos y el ex jefe guerrillero de las Farc/Ep, se resolvería por un puñado de votos. Hoy no me sorprende el triunfo del “no”, aunque por una diferencia mínima (50,2% contra 49,8%). Si bien las reacciones de Santos y de la ex guerrilla fueron alentadoras y muy sólidas, afirmando que seguirán buscando los modos más eficaces para llegar a la paz, el pueblo colombiano parece shockeado y desorientado. Ahora se esperan los próximos movimientos, en particular de los líderes del “no”, sobre todo porque nadie quiere proponer que continúe la guerra.

Tal como están hoy las cosas, resulta claro un hecho indiscutible: hubo muchos colombianos tibios, colombianos a los que les faltó el coraje de la paz, colombianos que se dejaron arrastrar por sentimientos, quizás comprensibles, pero completamente anti-históricos. Y daría la impresión de que esta actitud resultó muy generalizada en una amplia franja de votantes católicos, y eso es algo paradójico.

Ellos eran precisamente los únicos capaces, en teoría, de comprender el esfuerzo y las renuncias que requiere la paz, el sentido último del perdón recíproco, de la reconciliación y de la misericordia. Ni siquiera se escuchó la voz del Papa, y todo esto ocurrió ayer, en el mismo momento en que Francisco, de visita en Bakú, se dirigió a los musulmanes para decirles que es necesario vencer “la tentación de instrumentalizar el factor religioso: las religiones nunca han de ser manipuladas y nunca pueden favorecer conflictos y enfrentamientos”.

El Santo Padre agregó luego: “Una paz verdadera, fundada sobre el respeto mutuo, sobre el encuentro y el intercambio, sobre la voluntad de ir más allá de los prejuicios y los errores del pasado, sobre la renuncia a las falsedades y a los intereses partidistas; una paz duradera animada por el valor de superar las barreras, de erradicar la pobreza y la injusticia, de denunciar y detener la proliferación de armas y las ganancias inicuas obtenidas sobre la piel de los otros”.

De eso se trata: en Colombia han trabajado contra el “sí” los traficantes de droga y de armas, los industriales del secuestro, la mala vida en pequeña escala y la transnacional. Para ellos, la paz es la bancarrota. Para ellos el gran negocio es la guerra. Para los cristianos “solo la paz es santa”. Para los mercaderes de todas las razas solo la guerra es provechosa.

La Iglesia en Colombia está llamada ahora a una profunda y seria reflexión. Ha luchado durante décadas, pagando con la vida de hombres santos (obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas) para alcanzar la paz. En el momento del referendo no tuvo la amplitud de miras, tal vez por controversias internas, para tomar con heroico discernimiento el único camino posible, necesario y justo: movilizar las conciencias a favor del “sí”.

Luis Badilla – Roma.

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