La vida de los otros

Seguimos en primera página y aquí se espía hasta al Espíritu Santo, si no, que se lo pregunten a los que espiaron los movimientos y estrategias del último cónclave. Y no se escapa ni lo que podía haber sido y no fue. Volvemos al patio de vecinos o a las porterías, siempre cargando con el sambenito de los  cuentos y chismes, sin saber ciertamente por qué, o quizá sí. Junto a la plaza del Sol de Madrid, al comienzo de la calle Mayor, se levantó entre los siglos XVI y XVII el monasterio agustino de San Felipe el Real, célebre no sólo porque en él vivió Fray Luis de León, sino también por haber sido el mentidero más famoso de su tiempo. De sus gradas, según consta en la placa que aún podemos leer en el edificio que ocupa actualmente aquel antiguo solar, salían antes los rumores que los sucesos. En estos días, al pasar junto a él, no pude menos que sonreir: la vida es terca y, en la época del gran hermano, los rumores corren también más que los hechos. La rocambolesca historia de Edward Snowden lo corrobora y, pone en primer plano, la hipocresía de un poder que justifica los medios con tal de conseguir el fin.
Desde que E.S., ex agente de la NSA estadounidense, rompió el secreto de millones de informaciones, conexiones telefónicas y de Internet al servicio de los intereses del gran hermano y enseñó al mundo el trufado de micrófonos ocultos en instituciones como la de la Comisión Europea en Bruselas, las alarmas se han disparado. Para USA nadie está libre de sospecha y el miedo al terrorismo no justifica las prácticas de espionaje de la KGB y la Stasi, siempre criticadas en las sociedades democráticas, nacidas precisamente para proteger los derechos individuales.
Ha bastado el coraje de un hombre joven, Edward Snowden , para poner en evidencia la hipocresía de unas democracias con doble vara de medir y el tabú de una opinión pública incapaz de rebelarse. Este hombre bien merecía un homenaje…qué pena que solo se hayan presentado tres mosqueteros con mochilas sospechosas. Para un cristiano lo del “sábado es para el hombre, no el hombre para el sábado” es una referencia que forma parte de su ética y convierte en sagrada su intimidad.

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