Juan XXIII y Juan P. II

Los sepulcros están muy cerca. Juan XXIII a la derecha y Juan Pablo II bajo el altar de San Sebastián en la basílica Vaticana. Juan XXIII tras una urna de cristal descansa mucho más estilizado que cuando se sentaba en la silla gestatoria y Juan Pablo II oculto tras una lápida de mármol. Cerca y, a la vez, distantes en el tiempo y en sus personalidades.
El Papa Roncalli cargado con su inmensa humanidad, asumía la parafernalia casi faraónica de la corte papal de aquel tiempo, resignado, bonachón. Wojtyla, como un atleta de la escena, como un huracán mediático, rompía la cuarta pared y gozaba con las masas. Dos hombres carismáticos, pero diferentes. Mañana serán declarados santos por el Papa Francisco, pero los dos han recorrido vías diferentes para llegar a los altares: Juan XXIII con los deberes medio hechos, “pro gratia” según el término canónico, Juan Pablo II por vía preferente. Sin embargo también Juan XXIII gozó de reconocimiento súbito y a su muerte se contempló, nada menos, que el Concilio Vaticano II lo canonizara como acto final de aquella asamblea extraordinaria. De hecho, el teólogo Ives Congar escribió en su diario que el cardenal belga León Joseph Suenens quería concluir las modificaciones al esquema “De Ecclesia” con la petición de canonizar – por aclamación – a Juan XXIII. “Un objetivo que hay que obtener inmediatamente”, escribió el teólogo dominico. Ninguno de los canonizados puede presumir actualmente de una excepcionalidad parecida.
Han pasado cincuenta años de su muerte acaecida el 3 de junio de 1963. Un tiempo más que suficiente para limpiar su figura de cualquier emoción o maniobra del momento. Y sus escritos y su obra han hecho emerger una personalidad y una impronta que va mucho más allá del papa bonachón o gran abuelito como de modo simpático aunque restrictivo se le califica, dando a entender de él sin pretenderlo una idea equivocada e ingenua de bondad.
“Hombre de origen sencillo, apasionado estudioso y escritor culto, diplomático experto y sensible, pastor entregado y equilibrado, sacerdote obediente y libre, hombre de Iglesia y de mundo, cristiano devoto y humilde, papa clarividente y valiente”. Así lo definen sus biógrafos y así es el Roncalli que emerge de sus “diarios”. Aquel papa gordo y cariñoso, aparentemente elemental, “un papa de transición” como se le señaló desde el principio, fue la sorpresa. Un papa que puso el reloj de la Iglesia a tono con los tiempos, a la vez que podía decirle a los obreros y agricultores “soy uno de vosotros”, porque en realidad lo era.
Juan Pablo II, está mucho más presente en nuestra retina. Apenas hace nueve años que murió y su carrera hacia los altares rompe todos los records. Le vimos poner las manos sobre el pretil de la balconada, el día de su elección, consciente de su liderazgo y asistimos sorprendidos y, a disgusto, a su muerte casi en directo, larga e inexorable, después de veinte y siete años como obispo de Roma. Su firmeza doctrinal y su contribución en lo social a la dignidad del trabajo y contra los abusos extremos de las ideologías hacen de él un papa pastor para los de dentro, centrado en la reafirmación de la ortodoxia, y un líder mediático para los de fuera en sus viajes multitudinarios, sobre todo, cuando defiende los derechos humanos y rechaza la guerra y el hambre. Por lo demás, su itinerario humano, su “normalidad”, ejercitándose en la montaña o haciendo varias piscinas, ha ido desmitificando un rol que el Papa actual desempeña como nadie lo hizo anteriormente. Por si todo esto y mucho más no bastaran, su contribución a la caída del deteriorado comunismo del Este, reconocido en su momento por el mismo Gorbachov, le ha hecho merecedor del calificativo de “Grande”.
Su carisma era electrizante. Recuerdo varios encuentros en los que tuve ocasión de estar cerca de él, de saludarle e incluso de concelebrar muy cerca de él, como delegado de una de las facultades eclesiásticas de Roma, en la Misa con la que cada año inauguraba el curso académico en la basílica de San Pedro. Era un hombre excepcionalmente atento, ejemplar en su trabajo apostólico, profundamente piadoso en su acepción más noble y convincente, un místico. Su lema “Totus tuus” resume perfectamente su perfil. Ningún otro líder ha convocado las muchedumbres que el Papa Wojtyla movilizó y su sintonía con los jóvenes fue de ida y vuelta.
Quizá la paradoja se produce cuando su mano tendida al mundo es secuestrada por la propia maquinaria interna que puso en marcha y que impidió el diálogo con la cultura contemporánea. De ahí que su palabra oída y aplaudida masivamente, aparezca para un amplio sector de los líderes de opinión e intelectuales del momento como fundamentalista.
Ahí están como anverso y reverso de una misma medalla. Los dos son hombres de Dios y su legado ha roto la cornisa de lo estrictamente eclesial. Juan XXIII con la gran obra del Concilio Vaticano II y su estilo cercano y sencillo que desveló el rostro de una Iglesia comprensiva y dialogante. Juan Pablo II, que con sus 104 viajes inter nacionales, movilizó y puso en el mundo en la era de la imagen, a esa Iglesia demasiado ensimismada.
¿Qué quiere Francisco con esta doble canonización? Unir a la Iglesia. Ofrecer al mundo el rostro de una Iglesia con rasgos diferentes, pero complementarios. Ante la percepción que existe de una Iglesia dividida por años de involución, presentar en la figura de estos dos atletas de la fe, lo que realmente importa y une a ambas figuras: la centralidad de la persona de Jesucristo y el servicio a los hombres.

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