Fieles difuntos

 

 

El día 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, se mezclan el dolor, la nostalgia y la oración. La oración y la fe es un apoyo en los momentos de desolación, pero también es terreno de preguntas, dudas y fatiga. Necesitamos recordar, evocar, rezar por aquellas personas que siguen habitando nuestro corazón. Ni siquiera la muerte es capaz de romper los lazos que ha atado el amor.

Hace más de cincuenta mil años que existen tumbas y sepulturas. Se remontan al hombre de Nehanderthal. El cuerpo del hombre no era abandonado como carroña para el resto de animales o dejado a la intemperie, sino que era colocado en una cueva, bajo tierra, en posición de descanso y rodeado de piedras y objetos, que eran como una ofrenda, un signo de afecto de los vivos hacia los muertos. ¿Por qué esta necesidad que diferencia claramente al hombre de resto de los animales, que abandonan los cadáveres sin una particular atención? Jamás podremos dar una respuesta satisfactoria.

Quizá en ese ritual antiquísimo hay ya un rastro de esperanza, de que la muerte no fuera la última palabra sobre aquel ser…lo que esto evidencia es que, entre los muertos y los vivos, aquellos antecesores vieron siempre un lazo, una relación, que no se rompía ni siquiera con la desaparición de aquellos.

Todavía hoy, las sepulturas son un memorial que nos recuerda que cada uno de nosotros somos hijos de quienes nos han precedido y vivimos en una historia que es una carrera de relevos.

El cristiano todo esto lo asume y lo subraya. Y además lo alimenta, porque sabe que ese cuerpo, esa persona ausente, está destinada, en su plenitud, a la resurrección. Cristo muerto, sepultado y resucitado, nos lo acredita.

¡Dales, Señor, el eterno descanso a todos nuestros difuntos y que la luz de tu rostro les ilumine para siempre. Amén.!

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