Evangelio del Domingo:Bautismo del Señor

 

Celebramos el Bautismo del Señor y se cierra el ciclo de la Navidad. La escena que nos describe el evangelio de Lucas es grandiosa. En ella confluyen el cielo y la tierra, El Padre, el Hijo y el Espíritu y el pueblo expectante ante Juan, el Bautizador del Jordán.

Y es Juan, el Bautizador, quien hace de presentador y de telonero de lo que se avecina: “Detrás de mí viene Alguien que es más fuerte que yo”.

Jesús más fuerte que Juan. ¿En qué consiste la fuerza de Jesús? Jesús es más fuerte, porque, al contrario del resto de profetas y de predicadores, habla al corazón. Su voz no viene de fuera, su palabra suena en el interior de cada uno y es germinadora de vida.

“Él les bautizará…” Su fuerza consiste precisamente en eso, en bautizar, es decir en “sumergir” al hombre en el mar del absoluto para que se impregne de Dios, para que respire con su mismo aliento y así se convierta en hijo suyo: “A cuantos lo han escuchado les ha dado el poder de llegar a ser hijos suyos” (Jn 1,12). Su fuerza es vitalidad, liberación, creatividad, como una brisa que impulsa la vela de un balandro o como una ráfaga de fuego que deja un calor inesperado. Una energía que me empuja a ser portador, al mismo tiempo, de libertad, de energía y luz para los demás: “El les bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

Mientras, Jesús está concentrado en la oración y, de pronto, “el cielo se abre. “ ¡Contemplemos la escena… es de una belleza particular, es la belleza de la esperanza! El cielo se abre y se abre para nosotros que muchas veces actuamos y vivimos como si el cielo se hubiera cerrado para nosotros definitivamente! ¡Los cielos se abren y podemos encontrarnos con Dios, podemos relacionarnos con El sin obstáculos!

Y vino una voz de cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me complazco…” Esta voz expresa tres cosas sobre Jesús y sobre cada uno de nosotros que no debemos obviar.

La primera palabra que escuchamos es” Hijo”. Es que Dios es fuerza que genera y lo primero que genera es vida. Todos somos hijos en el Hijo, todos llevamos el ADN de Dios.

“Amado” es la segunda palabra que escuchamos. Antes de que tú actúes, antes de que puedas contabilizar el más diminuto de los méritos, lo sepas o no lo sepas, cada día y cada noche, tú para Dios tienes un nombre: “el amado”. Es un amor inmerecido, incondicional, unilateral, asimétrico. Dios te ama, Dios me ama, con un amor que se anticipa y que prescinde de todo.

“En él he puesto mi complacencia”…es la tercera palabra. Dios que encuentra su gozo y su alegría en que yo exista, en que tú existas, en que tú seas…Es como si dijera, como si te dijera: ¡Hijo mío, te miro y me siento feliz…!

Les invito a imaginar cada día esta escena…cuando estés desorientado o despierto. Cuando vivas sereno o experimentes la frustración o el desánimo: Imagínate siempre esta escena: los cielos que se abren sobre ti como un abrazo de Dios, una ráfaga de vida un calor que te acaricia: Es el Padre que te dice – que me dice,- hijo mío, a quien amo…vive sereno, siéntete tranquilo en mis manos… tú eres mi gozo y mi alegría.¡ En ti me complazco!

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