Evangelio del domingo

(Jn 6, 41 – 52)

Después de la multiplicación de los panes, la gente se pone a buscar a Jesús, pero es una búsqueda para criticarle. “Buscar y encontrar” son dos verbos positivos, necesarios para encontrarnos con el Señor. Pero, como en todo, hay búsquedas y búsquedas. La búsqueda de la que nos habla el Evangelio hoy es una búsqueda superficial, interesada: “¿Maestro cuándo has venido aquí?” La pregunta no es nada importante y Jesús pasa de ella. Lo importante no es cuándo Jesús ha llegado a allí, lo verdaderamente importante sería que se preguntaran por qué y para qué le buscan, cuáles son los motivos que les mueven a buscarlo.

Jesús se esfuerza en invitar a la gente a desplazar su curiosidad y su atención y, en esto, hay ya una importante enseñanza: a menudo las preguntas que el hombre se hace no son precisamente las preguntas que deberían hacerse y, por supuesto, no son las preguntas importantes que afectan de verdad a su vida. Y ése precisamente es uno de los empeños importantes de Jesús: reorientar la atención de la gente, centrar la atención de la gente en lo que verdaderamente importa.

El contraste entre lo que la gente busca y lo que Jesús está dispuesto a ofrecerles es descrito, en el evangelio, con detalle: La gente busca un alimento que perece y no sacia definitivamente nada. Jesús les ofrece un Pan vivo que viene de Dios. La gente se remonta al pasado y espera un nuevo maná, como el que Moisés, dio a sus antepasados. Jesús, en cambio, ve en el maná la prefiguración del verdadero pan vivo que es su Palabra y su Persona.

El hombre debe abrirse a la novedad, no simplemente a una reedición del pasado…el hombre debe buscar el Pan que ahora Dios le ofrece, que no es otro que Cristo, “Pan vivo bajado del cielo”.
¡Qué lenguaje potente el de Cristo! Toda su vida resumida en una imagen, no en palabras…Todo su misterio resumido en cuatro metáforas: “pan, vivo, descendido, cielo”. Cuatro palabras que generan y evocan misterio, experiencia, sabor, horizontes nuevos.

El Pan que Jesús ofrece no es ese puñado de harina amasado con agua y un poco de levadura, horneado en el fuego, es mucho más: es el símbolo de todo aquello que es bueno para el hombre, para ti , para mi, y nos mantiene con vida, te mantiene con vida, no sólo con vida natural, biológica, sino con esa vida que le da plenitud y sentido a esa vida biológica que medimos por los años.
Frente a esta propuesta la reacción de la gente es la murmuración, la protesta. No terminan de aceptar el origen divino de Jesús, su origen humano, su aspecto – “¿no es este el hijo del carpintero?” – no terminan de relacionarlo con su origen divino – “pan bajado del cielo” -.

Jesús, frente a las murmuraciones, no discute, solo afirma. Y no hay vuelta. Ha existido el diálogo, pero ahora no hay espacio sino para decir “sí o no”. Jesús no atenúa su pretensión, todo lo contrario, se reafirma en ello: “Yo soy el pan bajado del cielo”. O lo toman o lo dejan, pero es así.

Jesús, frente al rechazo, no se limita a denunciar la incredulidad de los que le escuchan, ni se detiene a dar argumentos. Simplemente desvela el origen de la fe y las condiciones de la fe: “Nadie viene a mi si no es atraído por mi Padre.” “Todo aquel que ha escuchado al Padre y ha aprendido de El, viene a mi”

El origen de la fe en Cristo tiene su iniciativa en el Padre – la fe es un don – y las condiciones de esa fe – escuchar y dejarse seducir por su Palabra. Nadie puede provocar dentro de sí el movimiento de la fe sin la llamada del Padre, sin la escucha de su Palabra.

Dejémonos interpelar. La Palabra de Dios es clave. ¿Qué valor le damos? ¿Cómo valoramos la proclamación de la Palabra? ¿Aceptamos que Jesús es el Pan bajado del cielo? Un Pan que baja y baja a través de miles de caminos diferentes…baja ahora, en todo momento, y lo puedo acoger o rechazar…lo puedo relegar incluso al ámbito de mis fantasías…pero ese Pan seguirá bajando y envolviéndome en fuerzas nuevas

No murmuremos, comamos de ese Pan y dejemos que penetre nuestra existencia. El Pan que comes en la Eucaristía, ahora mismo escuchando su Palabra, es Pan del cielo que te hará vivir la misma vida de Dios, soñar los sueños de Dios, hacer y preferir lo que Dios hace y prefiere.

No murmuremos, dejémonos que este Pan de vida nutra nuestros pensamientos, transforme nuestra vida. Esto es comulgar con Cristo.

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