Evangelio del Domingo

Celebramos por primera vez, en este domingo tercero del llamado Tiempo Ordinario, el Domingo de la Palabra de Dios. Palabra fundamental en la vida del creyente, en la Iglesia.

“Sin la Palabra no se ha hecho nada de lo que se ha hecho,” dirá San Juan en el prólogo de su Evangelio. Por ello valoremos la Palabra de Dios, familiaricémonos con su Palabra y dejémonos iluminar siempre por su luz.

En este contexto acabamos de proclamar y aclamar esta Palabra. También hemos de intentar comprenderla y vivirla. Ahora, detengámonos brevemente en el Evangelio:

Mateo, el evangelista que resuena este año en nuestra asamblea litúrgica, inicia la predicación de Jesús en Galilea. Estamos lejos, por tanto, de la sacralidad de la ciudad de Jerusalén, donde se consuma el destino de los profetas y lejos de su majestuoso Templo. Más bien estamos en la periferia, donde el clima y el paisaje es, sin duda mejor y más agrícola que en Judea
Galilea es una región rica en agua, donde abundan los campos que tantas referencias le darán a Jesús a la hora de su predicación: las semillas, las flores, los pájaros…Pero, sobre todo, Galilea, y en especial Cafarnaúm, es un cruce de caminos y de vías que favorecen el tráfico de caravanas y de tropas.

Jesús, por tanto, no crece en un ambiente urbano, sino más bien en un ámbito rural, de pescadores, de pequeños artesanos, pero así y todo, un ámbito cosmopolita, diríamos, pluri-cultural. Un ámbito donde circulan y se generan noticias de todo tipo.

Una de esas noticias, viene del Sur, de las orillas del río Jordán. Al Bautista, Herodes lo ha metido en la cárcel y, Jesús, se vuelve al Norte, a Cafarnaum, allí establece su domicilio.

La luz del Bautista se apaga en el sur, a la orilla del Jordán y en el Norte, se enciende la luz que lleva a su cumplimiento la profecía de Isaías. Aparentemente el nuevo profeta, predica lo mismo que el Bautista, pero pronto el evangelista Mateo nos dice que lo anunciado por Juan el Bautista de tal manera se ha avecinado que se ha hecho presente y definitivo en Jesús de Nazaret. Una presencia del “Reino de los cielos” – así llama Mateo a ese mundo nuevo que Jesús sueña – que se hace presente y se expresa en tres verbos: Anunciar, enseñar y curar.

Por tanto, “conviértanse”; es decir, gírense, den la vuelta, porque la luz está ya aquí: Dios está ya actuando, aquí, entre las colinas y el lago; por los caminos de Cafarnaum y Betsaida, el desamor y la tristeza se van curando. Va tomando cuerpo una nueva arquitectura humana, una nueva forma de entender las relaciones entre los hombres. Es algo, mejor Alguien, que está en movimiento.

“Y mientras caminaba” vio a unos jóvenes que echaban las redes o pescaban. Y Jesús los llama. Y los llama cuando están en medio de su trabajo, en plena faena.

Jesús camina, pero no quiere hacerlo solo, tiene necesidad de hombres y mujeres que le acompañen, que muestren el bello rostro del hombre nuevo.

El nuevo profeta camina anunciando, enseñando, curando…y detrás de él, hombres y mujeres sencillos, sin dotes excepcionales, que se sienten atraídos, fascinados. Y detrás de ellos, también nosotros, con nuestras deficiencias, nuestros defectos, pequeños, para que grande sólo sea el anuncio: “una tierra nueva y un cielo nuevo”.

Escuchemos… Acabamos de `proclamar su Palabra, no es una quimera, la felicidad, un mundo diferente es posible, incluso está “cerca”. Giremos la mirada, “porque está”…El Reino de Dios ya está…No dejemos pasar esta oportunidad.

¿Seremos capaces de escuchar, dejarnos seducir, caminar tras esta Buena Noticia…? A esta Buena Noticia, el evangelista Mateo la llama, por primera vez, “Evangelio”.

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