Evangelio del Domingo (XVIII del T.Ordinario A)

(Mat 14,13-21)

Jesús se siente mal. Le ha afectado, de forma especial, la muerte violenta de su primo el Bautista y busca un espacio donde serenarse y pasar el duelo: “Se marchó en barca, a un lugar tranquilo y apartado”.

Pero todo su proyecto se le viene abajo, porque la gente al advertir su escapada, le sigue por tierra hasta encontrarlo. Y, Jesús, cuando se encontró con la gente, al desembarcar, “sintió lástima, se detuvo con ellos y curó a muchos enfermos”.

Cuantas veces nos ha sucedido a nosotros también: teníamos un plan, un proyecto…y de pronto, surge lo inesperado, lo inevitable, lo imprevisto… ¿Qué hacer? No es cuestión de justicia, de decidir entre lo bueno o lo que no lo es, sino entre lo prioritario y lo necesario, lo esencial y lo que podría esperar.

Es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: las prisas, las programaciones, el relativismo absoluto, la falta de discernimiento. Esto pasa en la vida ordinaria, en la política, en la Iglesia…Nuestras prioridades no son siempre las más humanas, ni las más urgentes.

“No tenemos tiempo”, decimos. Y es cierto…nos dicen los pobres, los que viven los problemas, el tiempo lo tenemos nosotros,dicen…Tenemos todo el tiempo del mundo, un tiempo que se hace una eternidad… Ustedes sin embargo tienen el reloj: nosotros el tiempo y ustedes el reloj.

Este tema aparece varias veces en el Evangelio: Qué es lo necesario, lo primero. (Recordemos el diálogo de Marta con Jesús) y, hoy, también aparece de forma indirecta en este texto: Empieza un tiempo nuevo, afirma el Evangelio de Mateo y entrar en este reino, es asumir la compasión como prioridad…

El relato no tiene desperdicio y, posiblemente es uno de esos textos que marcaron la identidad de la primitiva comunidad cristiana, porque es un relato lleno de promesas y de profecía. Hasta seis veces se repite, de una forma u otra, el relato del pan y de los peces que pasan de mano en mano, que salen de las cestas y son capaces de saciar a verdaderas muchedumbres.

El inicio del texto es conmovedor y abre balcones con vistas sobre los sentimientos de Jesús: El vio, sintió compasión y curó. Con estos tres verbos se pone en marcha la escena: Ver, sentir y curar.
Ve una gran muchedumbre…es lo primero. Ver…es la consigna del evangelio. No podemos amar si no vemos, si no nos interesamos, si no nos paramos con el otro. Para Jesús es lo primero: mira y ve lo que realmente mueve a aquellas gentes, mira al corazón y le conmueve su sufrimiento: sintió compasión. Ver y amar para Jesús es lo mismo. Se siente herido por las heridas que ve, sufre con el sufrimiento que emerge de cada uno de los que ve y se implica. Jesús se implica.

Es importante el camino que recorren los sentimientos: ve, se siente herido por las heridas del otro (compadecerse=padecer con), y de la compasión emerge el milagro, la creatividad, la implicación. Es nuestro mayor tesoro como creyentes: descubrir a Dios como “el apasionado que sufre por nosotros”.

El lugar es desierto: los discípulos han aprendido del maestro y se preocupan de la gente…”Despídelos,- le dicen al Maestro – es tarde y no tienen dónde comer…” Pero Jesús va más allá…muestra la imagen materna de un Dios que acoge, que comparte y reparte, que hace milagros, que alimenta a toda vida y alcanza de lleno a los suyos…”Denles, dense ustedes mismos…” Las emociones deben conducir a los comportamientos y los sentimientos deben traducirse en acciones: “Denles ustedes de comer”…La religión no es sólo prepararnos para la otra vida, es ya transformar la vida aquí en la tierra: “Una religión que no se ocupara del hambre y del pan, sería estéril como el humo.

Detengámonos en la escena y profundicemos en lo que trata de transmitir: El milagro de la multiplicación de los panes es una cuestión de manos. El pan pasa de mano en mano. De Jesús a los discípulos, de los discípulos a la gente.
Abre tus manos, acoge lo que se te ha dado, y sea cual sea el pan que tienes en tus manos, pásalo. No cierres tus puños, imita al capullo que se abre en una bella flor, a la semilla que rompe su piel para darse.

Lo que gratuitamente hemos recibido démoslo gratuitamente… ¿Qué derecho tenían aquellos cinco mil hombres al pan? Ninguno, sólo que tenían hambre.

¡Cómo nos remite este texto a la Eucaristía!. Un Pan no merecido, pero que se nos da. Un Pan sagrado que surge de la compasión de Dios…En aquel tiempo sació el hambre de aquellos que seguían a Jesús, junto al lago…hoy, es el Pan que sacia el hambre de todo tipo de carencia…También ahora, en la noche que cae sobre nuestro días a causa de la pandemia, este Pan de la Eucaristía que no merecemos, pero que necesitamos, nos invita a abrir nuestras manos para acogerlo y dejarlo circular.

Aprendamos a vivir desde este lugar diferente que nos propone el evangelio: “la compasión como principio de actuación”.

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