Evangelio del Domingo XXVII (T.Ordinario)

(Mat 21, 33-43)

A Jesús le gustaban, de modo especial, las viñas, las parras. Sin llegar a ser un erudito en los cultivos vinícolas, amaba a estas plantas tan mediterráneas, que crecen en suelos pobres y pedregosos. Hasta seis veces habla de ellas en sus parábolas sobre el Reino. Y, es uno de los símbolos más fuertes y dulces con los que se compara a sí mismo: “Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos…” Y al Padre, le da el nombre y el oficio de viñador: “Yo soy la vid, mi Padre es el viñador.” (Jn 15,1).

Pero hoy el evangelio nos habla de una vendimia de sangre. Ante todo, porque es una parábola donde se mueven hombres violentos, asesinos, feroces…Y, en segundo lugar, porque el texto  nos presagia tiempos trágicos, tiempos que ya están preparando fríamente muchos de los que le están escuchando. El horizonte sangriento hacia el que avanza la parábola es evidente, brutal: “Este es el heredero, vengan, matémosle y nos quedamos con su herencia”.

Estos hombres jamás han leído un manual de Derecho civil. Es obvio que no es el derecho el que les empuja e inspira en sus decisiones, sino esa fuerza primitiva y brutal, estúpida, que permanentemente bulle en nosotros: “Imponte al otro, no le facilites vivir por encima de ti…Ponle palos en las ruedas para que no camine, hazte con sus propiedades, si puedes, aprópiate de su casa, confíscale los bienes.”

¡Cuántas historias se podrían contar…cuantas familias se podrían señalar, víctimas de estas situaciones…! Qué diferencia entre la forma de actuar de Dios y la nuestra! Dios comienza siempre de nuevo, después de la primera y la segunda traición… «Envió de nuevo, a otros criados, más que la primera vez…” Diríamos que gasta todos “los cartuchos”, con tal de limar dificultades y tender puentes: Envía a sus criados, luego a sus profetas en mayor número y, por último, a su único Hijo… ¿De verdad, qué podría Dios haber hecho con su viña, que somos todos nosotros, que no  hiciera?

Nosotros somos la viña del Señor y al mismo tiempo, su desilusión. Y, a pesar de todo, ahí sigue Dios, “erre que erre”, haciendo por mí lo que nadie habría hecho jamás. Y, al final del relato, la pregunta: Cuando vuelva el dueño de la viña…¿Qué hará con aquellos agricultores?

La solución propuesta por los interlocutores de Jesús –  sumos sacerdotes y ancianos del pueblo- fue: «Arrebatarle la viña a aquellos labradores deshonestos y añadir a la violencia causada más violencia, más muerte, más destrucción».

Y, aquí llega la novedad del Evangelio. No será así. Eso no sería manifestar el rostro de Dios, sino una máscara suya. La historia de amor entre Dios y los hombres no concluirá con el fracaso absoluto, sino con una viña nueva, espléndida. “Por eso les digo:  Se les quitará a ustedes el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Una vez más, el Evangelio, nos abre, más allá de la lógica humana, a lo inesperado, a lo que parece imposible: Ni nuestras dudas, ni nuestras incoherencias, ni nuestra esterilidad, son capaces de bloquear el proyecto de Dios, el sueño de Dios. Ese sueño  que se expresa en la parábola de una parra que dará buen vino, porque para ello siempre habrá buenos viñadores, guardianes de la fecundidad. Hombres y mujeres que cuidarán la viña, que servirán a los otros en lugar de servirse de los otros. Por eso rescatarán la esterilidad de este tiempo con un futuro fecundo.

No olvidemos el contexto en el que leemos este Evangelio: En estos momentos de desconcierto y de pandemia, el creyente apuesta por un futuro mejor, que no es volver a la normalidad de antes de la pandemia, porque aquella “normalidad” trajo estos lodos, sino apostar por una nueva normalidad en la que vivamos según los valores que hemos aprendido en estos momentos dramáticos.

“Se les quitará y se le dará a un pueblo que produzca frutos…” ¡Ojalá nos encontremos entre éstos!

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