Evangelio del domingo (V Cuaresma b)

(Jn 12, 20-33)
Dentro de siete días comenzamos la Semana Santa y el Evangelio de Juan nos pone delante la clave desde donde hemos de interpretar y vivir cuanto vamos a evocar y a actualizar en las celebraciones litúrgicas de esta gran semana: “Si el grano de trigo no muere…quien ama su vida, la pierde…” Jesús no ama el sufrimiento, ni lo busca, ni lo alimenta… No vino para morir en una cruz…Porque Dios no quiere la muerte de nadie, ni siquiera la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve…” Tanto amó Dios al mundo – escuchamos el pasado domingo – que le envió a su único Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El”.

El trigo no cae en la tierra para podrirse y desaparecer sin más, sino para alcanzar una nueva plenitud”. Es esa plenitud la que todos buscamos y es esa plenitud la que todos rastreamos a través de todo lo que hacemos… ¿en definitiva qué buscamos? Si pudiéramos exprimir el corazón de una persona que ahora se despierta o se acuesta en una isla perdida del pacífico y, al mismo tiempo, pudiéramos exprimir nuestro corazón y le preguntáramos qué buscamos en la vida, qué pretendemos encontrar, a qué aspiramos, el grito que sale de aquel corazón y del nuestro no sería tan diferente: tanto uno como otro gritaríamos que queremos ser felices.

Vivimos aquí para realizar un proceso, para hacer un camino, para pasar definitivamente al lado de la vida, para buscar esa meta que tan bellamente expresó S. Agustín cuando dijo: “Señor, nos hiciste, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”

Ahora bien, ¿cómo lograr lo que buscamos? ¿Cómo salvar nuestra vida definitivamente? Vayamos al Evangelio:
Unos extranjeros de lengua griega, que habían venido en peregrinación a Jerusalén para celebrar la Pascua de los judíos querían ver a Jesús. No era curiosidad. Eras el deseo sincero de descubrir el misterio que se encerraba en aquel hombre lo que les movía. Intuían que Jesús también les podía hacer bien a ellos.

Jesús está preocupado. Dentro de unos días sería crucificado y, cuando le comunican el deseo de los peregrinos, pronuncia unas palabras enigmáticas dentro de un denso discurso, pero no es una densidad intelectual o académica, sino una densidad existencial: “Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. Es decir, cuando sea crucificado todos reconocerán dónde está su verdadera grandeza y su gloria. Probablemente nadie le entendió nada. ¿Entendemos nosotros? Pero, Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, todo lo atraeré a mi!”…

¿En qué pone Dios el futuro? ¿En qué lo ponemos nosotros? ¿Qué esconde el crucificado para tener ese poder de atracción? Solo una cosa: amor, un amor increíble a todos. El amor es invisible y sólo se expresa a través de gestos, por eso en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor sin límites de Dios. En realidad, solo empezamos a ser cristianos, cuando nos sentimos atraídos por Jesús y es eso lo que experimentan estos peregrinos griegos.

Si el grano de trigo muere, germina y hace brotar la vida, pero si se enquista, si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen agrícola que nos presenta Jesús nos descubre una ley que atraviesa la vida entera y que es la fuerza que debe impulsar y motivar la vida de todo cristiano: quien sufre movido por amor tiene futuro, su vida se hace fecunda. Quien se ata y agarra de forma egoísta a la vida, la echa a perder; sin embargo quien gasta su vida con generosidad genera más vida. No es difícil comprobarlo: quien ama exclusivamente su bienestar y sólo vive para su dinero, su éxito o su seguridad, termina viviendo una vida plana, mediocre y estéril Quien se arriesga y trata de vivir una vida abierta y generosa, solidaria, compasiva, irradia alegría, ganas de vivir…

La Eucaristía es signo sacramental de esta vida entregada. El participar en ella, el comulgar con ella, nos compromete.

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