Evangelio del domingo: IV Adviento (B)

 

 

(Lc 1, 26-38)

Hemos llegado al cuarto domingo de Adviento y la escena que nos presenta el Evangelio tiene dos protagonistas: un ángel, mensajero de Dios, y una mujer sencilla. El concilio Vaticano II dice de ella, que es “modelo y prototipo para la Iglesia.” Por tanto, cuanto ella hace y cómo lo hace debe ser para nosotros referencial.

Estamos muy cerca de la Navidad, una Navidad totalmente diferente a otras Navidades; por decreto, nuestras comidas y encuentros serán reducidos. Habrá muchas sillas vacías en torno nuestro y posiblemente todo se parezca algo más a la Navidad original. Contemplemos la escena del Evangelio que acabamos de proclamar y abramos los cinco sentidos.

Trataré de detenerme en algunos aspectos: Estamos en Nazaret, un pueblito perdido y desconocido en la geografía de entonces. En la región del norte de Palestina, no en la gran ciudad de Jerusalén. En una casa humilde y austera, no en el templo de Judea, entre candeleros y humo de incienso. Y ahí, en la cotidianidad de la vida, mientras María realiza sus quehaceres domésticos, Dios la visita a través de un ángel. Es la primera vez que en la Biblia se nos dice que un ángel enviado por Dios le habla a una mujer. Hasta entonces las apariciones recogidas en la Biblia tenían como interlocutor a un hombre.

Y la primera palabra que escucha de parte de Dios aquella joven israelita, es una invitación a la alegría: “Alégrate” le dice el ángel.
Es lo primero que escucha de parte de Dios y es también lo primero que hemos de escuchar nosotros.

Vivimos tiempos duros, noches interminables de oscuridad, días inseguros y tristes. Entre nosotros falta alegría y no es para menos. Cada día nos descargan las cifras de los contagiados y de los muertos como si de un parte de guerra se tratara. Y llegamos hasta oírlo como si aquello no fuera con nosotros. Y, evidentemente, nos afecta: detrás de esos dígitos, de esos números, hay historias diferentes de dolor, de desamparo, de batallas perdidas. Y, por si fuera poco, esta sociedad en la que vivimos. alimenta nuestro desconcierto cada vez más: Ya no es solamente el no poder morir cogido a una mano amiga, sino que se trata incluso de infrigir la muerte, elegir el cuándo y el cómo, marcar nosotros el reloj de la vida, decidir quién debe vivir y quién no, o quien debe morir y quien no: (Acaba de aprobarse una ley a favor de la eutanasia y el suicidio asistido), y la muerte campea sobre determinados colectivos que se consideran inútiles o simplemente demasiado costosos. Como si el progresismo consistiera precisamente en eso, en favorecer a los fuertes y en eliminar a los más débiles. Es la cultura de la muerte que lo va invadiendo todo, silenciosamente, pero de forma efectiva.

«Alégrate»…Apúntate a la vida, al afecto, a la ternura de la cercanía. No militemos nunca en una Iglesia envejecida, gastada. Una Iglesia que no aporta esperanza en medio del desconcierto…¿Para qué sirve? No sirve para nada.

“El Señor está contigo” : Nuestra alegría no puede nacer sino de la confianza en Dios. Vivimos en permanente decepción y, muchas veces, las personas en las que habíamos depositado nuestra confianza nos fallan…Sin embargo no estamos huérfanos. Esta Iglesia tan perdida, a veces, no está sola…Esta Iglesia que no acierta a volver al Evangelio, no está dejada de la mano de Dios. Un Dios que nos visita, asume nuestra propia carne y camina con nosotros.

“No temas”. Son muchos los miedos que nos paralizan a los que seguimos a Jesús. Miedo al mundo y a su secularización. Miedo al futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a fiarnos del evangelio, miedo a lo que no podemos controlar…El miedo nos está haciendo mucho daño. Un miedo así, nos impide afrontar el futuro con esperanza. Nos encierra en el pasado, en la conservación estéril que nos conduce a la huída del presente.

Crecen nuestros fantasmas y desaparece el realismo sano, la sensatez cristiana. Por ello es urgente animarnos, reconstruir una Iglesia de la confianza, humilde y servidora de verdad, porque la fuerza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa, sino en una Iglesia humilde.

“Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en las tinieblas. No estamos llamados a juzgar y condenar al mundo, estamos llamados a  iluminarlo. Nuestra tarea no es apagar la mecha humeante, sino espabilar la llama, encender la fe que, en no pocos, parece estar queriendo brotar: la pregunta sobre Dios es una pregunta que humaniza.

Desde nuestras comunidades pequeñas y sencillas podemos ser levadura de un mundo más fraterno. Aprendamos de los signos de los tiempos y esta pandemia es un signo de nuestro hoy que puede enseñarnos a vivir mejor. Pongamos las luces largas, todo pasará, seguro (como han pasado otras atrocidades de la historia), pero abrámonos a una normalidad nueva donde los valores, la vida y la alegría de vivir sea patrimonio experiencial  de toda la humanidad. Estamos en buenas manos…Dios no está en crisis…Somos nosotros los que no nos atrevemos a apostar con alegría y confianza por El.

Dentro de pocos días es Navidad…Dios viene, sigue viniendo: «Alégrate, el Señor está contigo»…No tengas miedo y acoge a este Dios que se hace ternura en el rostro de un recién nacido y también en la cara deformada o hermosa del que está a tu lado.

Animo y alimentemos con los pequeños gestos de cada día la cultura de la vida. Todo recién nacido es una apuesta por la vida y el futuro. Esto es Navidad.

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