Evangelio de mañana

 

(Corpus: Lc 9,11-19)

La fiesta del Corpus, la cuenta el Evangelio, tal como acabamos de escuchar, a través del pan que no se acaba.

Situémonos en la escena evangélica como si fuéramos uno más en medio de aquella muchedumbre que escucha a Jesús. Cae la tarde.

Estamos en Galilea. Los discípulos de Jesús acaban de llegar de una experiencia novedosa a la que Jesús les había enviado para predicar el Reino y curar a los enfermos. Han vuelto cargados de historias y anécdotas que contar y tratan de decirle a Jesús cómo habían vivido aquel acontecimiento. Están contentos y Jesús, les invita a retirarse solos, a un lugar descampado, en la dirección de Betsaida, la ciudad más cercana.

La gente de Betsaida les ve y dándose cuenta de lo que pretenden, les siguen y casi les asedian. Un asedio que Jesús no puede impedir, ni quiere impedirlo.

Jesús, entonces, cambia su programa y retoma en persona, la misión que había encomendado a sus discípulos y de la que acaban éstos de volver: “habla a la gente, dice el evangelio, del Reino de Dios y curaba a los que lo necesitaban”.
En esta frase, aparentemente inofensiva, queda constancia de quienes somos nosotros los hombres: criaturas necesitadas de Dios y de pan, de Absoluto y de sanación, “les hablaba de Dios y les curaba”.

En pocas palabras queda condensada la misión de Cristo y, consecuentemente la misión de la Iglesia: enseñar, alimentar y sanar. A Dios le preocupa el hombre y se hace cargo de él. El hombre es una criatura tan necesitada que, ni al hombre, ni a Dios le ha bastado darnos su Palabra y, por eso, nos da también su Cuerpo y su Sangre. No se ha reservado nada: “Coman y beban mi cuerpo y mi sangre”.

Confesar hoy nuestra fe en Cristo Eucaristía, no es sólo reconocer la presencia real de Jesús en al Pan Eucarístico, sino, sobre todo, reconocer la presencia, en el sacramento de la Eucaristía, de un dinamismo que nos remite permanentemente a una entrega hasta el límite de Dios al hombre. Comulgamos “un cuerpo entregado, y una sangre derramada por todos”.

Los discípulos, ante la noche amenazante con su oscuridad y el descampado que impide contar con recursos para alimentarse, pretenden que Cristo despida la gente. Posiblemente lo hacen con la mejor buena voluntad y es la norma del viejo mundo: “Que cada uno trate de solucionar su problema…que vayan a la ciudad y cada cual compre lo que necesita”. No hay soluciones colectivas, por tanto que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús está en otra onda. Hay soluciones si ponemos en marcha actitudes nuevas. No basta lo que siempre hemos hecho, que “cada cual se las arregle como pueda.”

A veces, ni siquiera es problema de recursos. Casi siempre es problema de actitudes, de método. Allí sólo contaban con cinco panes y dos peces, muy pocos y casi ridículos recursos…¡Pero cómo se multiplica lo poco cuando entre nosotros se instala la actitud de compartir, de la solidaridad, de la convivialidad. ”Les mandó a sus discípulos que distribuyeran a la gente en grupos de cincuenta,” para que cada uno pudiera observar el hambre del otro y así hacer circular el pan de sus manos en lugar de acumularlo. Y el milagro se produjo. A Jesús parece no interesarle tanto la cantidad de lo que comemos, cuanto cómo comemos.

Celebrar el Corpus es celebrar la presencia real de Cristo en el Sacramento, que es signo de comunión con Dios y con los demás. Si hoy celebramos el día institucional de Caritas, ese organismo de la Iglesia que se ocupa de los más débiles, no es por pura coincidencia, sino intencionadamente: Comulgar con Cristo Eucaristía, siempre nos remite a esa otra presencia también sacramental de Cristo en los demás, especialmente en los más pobres.

Los recursos de nuestro mundo no son escasos, lo que es escasa es nuestra solidaridad y excesiva nuestra indiferencia ante los problemas de los otros. Por ello buscamos siempre excusas para desentendernos de ellos…”que cada uno se las arregle como pueda” o buscamos justificarnos con resortes que duermen nuestra conciencia. Sin embargo hay otra forma de actuar y nadie puede decir que excede sus posibilidades: Todos podemos hacer algo, aunque sólo sea poner en común un trozo de pan, lo poco que tenemos.

La Eucaristía, es Pan partido y compartido, vida entregada que comulgamos… actúa en consecuencia: “Tu compromiso mejora el mundo”.

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