Evangelio de la Vigilia Pascual

(Mc 16,1-7)

Cristo ha resucitado!……”Al entrar en el sepulcro, las mujeres vieron a un joven, sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca y tuvieron miedo. Pero él les dijo:¡ No tengan miedo! Buscan al Crucificado, ha resucitado, no está aquí!”

En esta noche, todo lo que nos rodea, lo que vemos, oímos y olemos: las flores, la luz, la música, la asamblea (tan añorada el año pasado), la alegría que nos inunda, todo, absolutamente todo, nos habla de vida… Nos habla del Resucitado. Este es el poder de la Liturgia, visualizar, convertir en señal y en mediación los signos para darle cuerpo al Misterio que celebramos. Se trata de transitar del silencio de ayer y de tantos días de desgaste y de muerte, a la vida; se trata de pasar de la Cruz y del sepulcro, de la noche y de las sombras, a la Resurrección, a la luz, al amanecer… Porque Cristo vive y nos llama a todos, y a cada uno de nosotros, a vivir.

En este contexto, envueltos en el aroma del incienso, guiados por la luz del Cirio Pascual, alentados por la historia de salvación que hemos ido proclamando, sentémonos a contemplar y a darle vueltas en el corazón a este relato del evangelio que acabamos de escuchar, culmen y meta de la peregrinación que atraviesa la historia.

Marcos, el evangelista, nos habla en un texto cargado de significados, lleno de sorpresas, preñado de futuro:

Amanece, es la madrugada del domingo y a esa hora en que pasamos de la oscuridad a la luz, tres mujeres osadas, valientes, caminan casi en la clandestinidad por las calles de Jerusalén al encuentro con la tumba del Rabí, muerto en la Cruz y enterrado a prisa en la tarde del Viernes. Van con lo poco que tienen y van – esta es su intención – a cuidar el cadáver de Jesús, a terminar de embalsamar sus restos como acostumbrar los judíos. Estas mujeres aman al Maestro y descubren que el tiempo del amor es más largo que el tiempo de la vida.

Llegan a la tumba y cada paso se convierte en una sorpresa: Su primera sorpresa, es la piedra rodada. “El gran peñasco que taponaba la entrada del sepulcro había sido rodado”. Así empieza la experiencia de la Pascua para estas mujeres, también para nosotros: Pascua es la fiesta de los cantos rodados, de las piedras que bloquean el corazón, removidas.

Se asustan, se interrogan, se sienten invadidas por el miedo. Pero, no se detienen. Son mujeres, aparentemente frágiles, pero indomables, resolutivas. Y entran en la cavidad del sepulcro y, allí nueva sorpresa, más fuerte, más desconcertante: Un joven sentado les anuncia la noticia inesperada: “Jesús al que vieron crucificado, ha resucitado” les dice. Imagínense la escena, los sentimientos que afloran en aquellas mujeres, el pálpito que les hace enmudecer y su reacción casi incrédula. Sin embargo, el joven, insiste: “¡No está aquí!”

“Está, vive, pero no aquí”. Es el viviente por definición, pero hay que buscarlo fuera de los sepulcros. Está fuera, en la ciudad, en la actividad frenética de la historia, en el silencio insoportable de las UCI, en el grito victorioso de los médicos y enfermeros ante la victoria del enfermo desahuciado sobre la muerte, en el hambre de paz, en el llanto del niño que nace o en las personas que acogen y reparten…Está donde está la vida.

Y, de pronto, otra sorpresa, que las reviste, a ellas mujeres mudas por lo que están viviendo, de coraje, frente a unos discípulos sin coraje. De discípulas sin palabras, con miedo, a evangelizadoras osadas y convencidas. “No está aquí, pero vayan y digan a sus discípulos…El irá delante de ustedes a Galilea.” Y, de prono aparece un Rabí migrante, un Maestro que ama los espacios abiertos, que atraviesa muros y abre puertas.

“El va delante”. Con la cara al viento, despertando los caminos, señalando el horizonte, siempre mirando al futuro sin dar un paso atrás.

El evangelio de Pascua, la Pascua de Cristo, “Cristo nuestra Pascua,” encierra dentro un dinamismo, un movimiento que nunca se detiene, ni ante la muerte, ni ante un revés, ni ante lo que aparentemente parece un callejón sin salida, una situación fatal.

Por un hombre que mata, habrá siempre cientos que dan vida, que están dispuestos a sanar la vida; por un árbol que cae, habrá cientos que crecen en silencio, sin ruido. Esto es Pascua, esto es vivir la Pascua: dar paso, acoger este dinamismo que nos habita y siempre busca la plenitud, siempre alimenta y apuesta por lo que da y produce vida. Esta es nuestra aportación, lo que tenemos de peculiar. Este es nuestro secreto como seguidores del Resucitado.

“Si el grano muere, produce fruto”. Hermanos, no tengan miedo…”Atrévanse y caminen tras sus mejores sueños. Todos llevamos dentro una hermosa herida, un proyecto de amor que nos impide quedarnos quietos… ¡No tengamos miedo…! Todo reto que nos provoque y haga avanzar al mundo, está movido por las fuerzas de la Resurrección… Asumámoslo, trabajemos juntos por alcanzarlo… ¡El, el Viviente por antonomasia, siempre irá por delante!”. ¡Aleluya!

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