Evangelio de domingo XXVI del T. Ordinario (b)

 

(Marcos 9, 38-43.45.47-48)

El pasado domingo veíamos cómo Jesús desarmaba a los apóstoles, que discutían entre sí sobre quién era el mayor o el más importante entre ellos, dejando meridianamente claro que para Dios el primero es el que más sirve. Hoy el Evangelio sigue, de alguna forma, el mismo argumento: Se trata de monopolizar la capacidad de mejorar el mundo. ¿A quien le toca gestionar ese poder? ¿A qué grupo le pertenece?

El Evangelio se pronuncia sobre el endiosamiento de las mediaciones, la adhesión a un determinado colectivo, sea civil o religioso, como lo determinante, y la exclusión de «los otros», porque son ellos, un grupo determinado, el que tiene el monopolio de la verdad, del poder y la exclusiva del Espíritu.

Marcos nos habla de un extraño que anda por ahí haciendo milagros, pero que no pertenece al grupo de los discípulos. Sin duda lo que hace ese hombre anónimo mejora la vida de las personas, pero tal vez es demasiado libre, tal vez roza el dogma en determinadas posturas, quizás es un poco herético y según la opinión de los discípulos de Jesús hay que prohibirle hacer lo que hace, aunque lo que hace sea bueno.

A la cabeza de la operación está Juan, el discípulo amado, el “hijo del Trueno”, el fino teólogo que, a pesar de todo actúa comido por los celos, no ve más allá de los muros de su pequeño y mezquino corazón. ¡Sólo los que pertenecen al grupo pueden tener vela en este entierro! ¡Los que no están en la lista, en “su” lista, no pueden mejorar el mundo!.

Esto parece absolutamente desafortunado y a simple vista nos parece un disparate. Pero es algo muy presente en nuestra sociedad y en la iglesia: la descalificación del otro por el simple hecho de que «no es de los nuestros», es el pan de cada día y la postura sectaria de algunos grupos de iglesia que se sienten “elegidos”, excluyendo a los que consideran desviados o herejes, es muy común. Poner la forma antes que la sustancia es muy corriente y privilegiar al grupo antes que el bien que realiza es muy propio de fanáticos y estos abundan.

La respuesta de Jesús no tiene desperdicio: Jesús, el hombre universal, el hombre sin fronteras, apuesta por la democratización del Espíritu de Dios e incluso en su respuesta asume la tensión que puede derivarse entre la confesión cristológica y la pertenencia eclesial. El grupo, no puede impedir que la acción buena de Dios se expanda más allá de la aparente pertenencia eclesial. “No se lo impidan,” afirma Jesús y lo dice claramente, con un verbo cargado de un fuerte carácter jurídico. La fe no radica en una adhesión teórica al “nombre” de Jesús, sino en la capacidad real de transmitir vida, perdón, libertad, salud al otro.

Quien de verdad da un sorbo de vida al otro es Dios… Y el mundo está lleno de esta semilla de Dios. Esto nos coloca junto a tantos hombres y tantas mujeres, creyentes o no, que sin embargo tienen vida en su corazón y son capaces de inventar milagros con tal de poner una sonrisa en el rostro del necesitado. Lo vemos con frecuencia.

En la primera lectura, Moisés, y en el Evangelio, Jesús en la línea de Moisés, nos invitan, no a levantar muros y alambradas para distanciarnos de los que consideramos “los otros”, sino a tender puentes y a interpretar la vida de los que consideramos diferentes, para descubrir “el nosotros”. “A estar junto a ellos, soñando juntos una vida más humana” (Evangelii Gaudium 74).

¡Cómo nos hace respirar el Evangelio! Más allá de nuestro campamento hay Espíritu y hay hombres y mujeres que luchan contra los demonios del momento: la violencia, la banalización de la vida, la corrupción, el hambre de poseer y de dominar a los otros, la contaminación, la exclusión del pobre y tantos otros demonios…La semilla del Espíritu también crece fuera de nuestro campamento, de nuestro grupo…Levantemos los ojos, miremos y unámonos…Todo lo que afecta al hombre nos concierne a los creyentes, porque todos somos «nosotros” y “nosotros somos todos”.

“Ojalá todos fueran profetas…” Aunque sólo fuera con un pequeño gesto a nuestro alcance, con un vaso de agua… Es quizás lo único que está a nuestro alcance…: ¡Hagámoslo, aunque nos parezca insignificante…! Se trata, al fin y al cabo, de oponernos a la dinámica del mal, de despertar en nosotros la apertura al “nosotros”, de sumar junto al otro y no pretender capitalizar al Espíritu en exclusiva, porque también en el otro, por muy diferente que sea, actúa Dios y es de “los nuestros”.

Nuestro objetivo no es hacer prosélitos, hinchar las estadísticas, sino que el bien crezca y el Reino de Dios que es alegría, libertad y plenitud, avance.

¡Levanten la mirada…! ¡Contemplen cómo vuelan las semillas del Espíritu por todas partes! Nos toca discernir, interpretar, apoyar, compartir. ¡No impidan a nadie hacer el bien! Sea como sea, el que hace el bien se coloca siempre del lado de Dios.

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