Evangelii Gaudium

El Papa Francisco ha puesto por escrito lo que,con sus múltiples y significativos gestos, ha ido sembrando a lo largo de estos meses. «Evangelii Gaudium»  (El gozo del Evangelio), es su primera exhortación apostólica, – aunque ya había firmado la encíclica de 84 páginas «Lumen fidei» a medias con Benedicto XVI, la autoría de este documento era evidente que pertenecía casi en su totalidad al Papa Ratzinger -. La exhortación «La alegría del Evangelio», un documento de 142 páginas, es el colofón a la reunión que en octubre de 2012 los obispos del mundo celebraron en el Vaticano sobre el tema estrella de este tiempo eclesial: «Cómo anunciar el Evangelio en el mundo actual».

«Evangelii Gaudium» es un documento dirigido al interior de la Iglesia, en el que el Papa Francisco sistematiza y ordena, con el estilo directo que le caracteriza, el fundamento teológico de su programa y su implicación pastoral, orientado a la gente y al pueblo de Dios, confirmando así su perfil de párroco del mundo.

Desde el primer momento la obsesión del Papa ha sido acercar la Iglesia a la gente, bajar a la calle, romper el aislamiento y la centralización omnímoda de una curia estilo gran hermano. Devolver a la Iglesia el olor a tierra, «a oveja» y revestirla de la alegría y la ternura sencilla y atractiva de su fundador. Consciente de ser un enviado para cuidar su viña, cruelmente abatida por la tiranía de la economía de mercado, trata de romper el verticalismo tradicional de Roma y abrirse a la periferia de un mundo que vive más allá, en los ámbitos de la miseria, la cultura, el arte, las religiones e incluso de los no creyentes.

Dos palabras atraviesan todo el documento: «alegría y misericordia». Dos término que definen la columna vertebral que cohesiona y estructura el conjunto de verdades, pocas y esenciales, que tiene como centro el anuncio del amor de Cristo, desde una fe que se activa por el amor.

No es un Papa que arremeta. Sólo lo hace y duramente contra la tiranía invisible que impone la economía de mercado y nos quita la alegría, encerrándonos en una cultura de exclusión y de descarte. «Hoy es más noticia que la Bolsa baja dos puntos, que un anciano haya muerto de frío en una calle cualquiera» – afirma el Papa -. También es incisivo con los miembros de la propia Iglesia que sólo aspiran a medrar, se consumen prisioneros de la burocracia o se crean religiones a su medida, envueltos en una especie de mundaneidad espiritual. Quiere que los jóvenes arriesguen, hagan ruido, sean «callejeros» de la fe y denuncia los seminarios refugio o habilitadores de status. Aprecia, como no podía ser de otro modo, la teología, pero no la teología «de escritorio».

Sin plantear cambio alguno en la doctrina tradicional, el Papa Bergolio se retrata en este documento tal como lo hemos visto a lo largo de este tiempo en el que ha pasado de obispo de Buenos Aires a obispo de Roma, como le gusta llamarse.

Un tiempo para repensarse hasta el oficio de Papa, el quehacer de la Curia y acercar al pueblo la tarea de la Iglesia: anuncia a Jesucristo y convertirse en hospital de batalla para los heridos de la tierra.

«Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación».

 

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