¡Es Pascua! Amanecerá.

La historia que atraviesa el coronavirus como el flash de un relámpago, nos hace ver, que sí, todo tendrá un final de luz. Esos refranes y frases hechas, que a lo largo de las últimas semanas han recorrido miles de “whatsapps,” para darnos ánimo, no son simples golpes en la espalda para mitigar el miedo, sino verdaderos empujones en la dirección adecuada. La última palabra sobre la vida nunca la pronunciará la muerte: “¡El Señor ha resucitado!”

La Pascua ritual de los cristianos ha llegado con la luna llena de primavera, pero el Vía Crucis de la pandemia sigue su camino. Seguimos recluidos, aislados, desconcertados. Pero, en la densa noche que ha caído sobre el mundo, el Evangelio es siempre Buena Noticia. El estado de alarma concluirá, más tarde que temprano, pero terminará. Las fuertes medidas para contener el contagio irán disminuyendo, como es justo que lo sean y todos esperamos. Progresivamente volveremos a la normalidad.

¿Pero qué normalidad? Esta tormenta del covid-19 ha dejado demasiado barro en las poblaciones y las consecuencias serán desastrosas: económicas, políticas, laborales, sicológicas, eclesiales. También deja muchas heridas a nivel personal, en todos los órdenes: elaboración del luto negado; fisuras, productos de la convivencia forzada; inseguridades de pesadilla por la soledad vivida, ansiedades mal gestionadas… Todo se convierte en reto. Y los desafíos pondrán en crisis a las organizaciones políticas del momento y a la sociedad en la que vivimos, pero también a todos aquellos que se sientan requeridos para acompañar a los que buscan una presencia vecina. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué decir?

La Pascua es paso, es muerte que engendra vida, es fuerza generadora de futuro. Un futuro que ya está generándose en plena muerte. Es el secreto de la Cruz: cuando vivimos la vida como agradecimiento, todo es gracia.

Vivimos tiempos de prueba, pero también un tiempo inédito para estar con nosotros mismos, para entrar dentro de nosotros y cambiar nuestra forma de enfrentarnos con el reloj. Sin duda, a partir de ahora, no todo será igual. Hemos sentido en propia carne nuestra precariedad y ningún escudo podrá defendernos aislados y prepotentes. ¿Aprenderemos? En gran medida, todo dependerá de la forma en que habitemos esta cuarentena interminable.

En nuestra sociedad hay reservas. Lo estamos viendo: hay creatividad, hay entrega desinteresada, hay ganas de encontrarnos, hay interioridad, hay ganas de alegría, hay posibilidades. La vida no se resiste, actúa en nosotros y busca resquicios para romper la piedra que tapa el sepulcro.

“Miren, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 19).

Alguna vez, perdido en la ciudad, he quedado embelesado ante el milagro de una brizna verde de hierba que crecía en medio del asfalto. Bajo el sol despiadado de agosto, una hebra verde, casi imperceptible, se empeñaba en buscar el sol y salir a la intemperie. Todo parecía sencillo: una semilla perdida en un hueco invisible de la calle no se sabe cuándo, unas gotas de lluvia o alguien que volcó el poco de agua que le quedaba en el botellín al azar y la vida brotó agradecida, imparable.

Para el seguidor de Cristo esto es determinante. Todo responde a un diseño pascual y, por tanto, a un diseño de vida y “vida abundante”.

Es posible un futuro diferente y, entre todos, podremos mover y empujar mejor en la dirección justa. A veces, para que el mundo se mueva, sólo es necesario respetar, atender, valorar lo que cada uno hace y no poner palos en las ruedas. Lo clava con acierto esa cuña publicitaria de los sanitarios, que dice: “¡Por favor, ayúdenos, no podemos más: quédate en casa!”

Es tan tozuda la vida que bastan unas gotas perdidas de agua para seguir su imparable marcha: el Evangelio lo deja claro: “ni un vaso de agua quedará sin recompensa” (Mc 9,41).

Seguimos en la larga cuarentena de la pandemia y la Pascua ritual cristiana que hoy celebramos, carece este año de procesión solemne a la luz del Cirio; de pueblo y de aleluyas sonoros, pero la Pascua ha llegado, está actuando en el corazón de todos. Pronto amanecerá.

(Art. de José L. Guerra, párroco. Publicado en La Provincia el 12 de abril 2020)

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