En el pórtico de la Semana Santa (Domingo de Ramos)

(Mc 11,1-10)

Comienza la Semana Santa, la Semana Mayor de la historia y de nuestra fe. En estos días que llamamos santos, ha nacido el cristianismo. Ha surgido del escándalo y de la locura de la Cruz. Ahí está todo cuanto tiene como singular el cristianismo. Por ello, en estos días, cambia el paso de la liturgia y se multiplican las ocasiones en las que se nos invita a acompañar con calma, casi hora a hora, los últimos momentos de Jesús. Son días especiales, son los días en los que se juega nuestro destino.

En estos días, mientras los creyentes de todas las religiones gritan a Dios para que los salve de sus sufrimientos, los cristianos vemos a Dios sufrir con nosotros: “La esencia del cristianismo se concentra en el rostro de Cristo crucificado”, afirmaba el cardenal Martini.

Es una semana para contemplar la Cruz, estar junto a ella sintiendo la sombra de todas las cruces de la tierra, donde Cristo sigue crucificado en toda carne que vive herida. Dice un gran teólogo del siglo XX: “Dios no salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento; no protege de la muerte, sino en la muerte. No libera de la Cruz, sino en la Cruz” (Bonhoeffer).

Jesús entra en Jerusalén, es una historia y una metáfora viva. Jesús, casi provoca a la población con su gesto, porque El necesita nuestra acogida, la desea, la reclama. ¡Bendito el que viene! Y viene, en un asno, pobre, desarmado, prestado…Y sigue viniendo, y atravesando nuestra ciudad, humilde, anónimo tras la mascarilla que evidencia mejor su mirada.

La liturgia del Domingo de Ramos, – un domingo que empieza alegre y festivo y concluye con el relato del proceso, condena y muerte de Jesús, –  es bellísima. De la alegría y los vítores a la austeridad y al silencio, para volver, el próximo Domingo, del silencio del sepulcro a la alegría, a la vida y al canto del Aleluya. A Jesús no le bastó entregar su cuerpo en la Eucaristía, lavar los pies a sus discípulos, pasar por la vida haciendo el bien, sudar sangre en el huerto, sino que llega hasta el límite. El camino que inició en Galilea, hace tres años, concluye ahora en el Gólgota… No puede ir más allá, pero ese gesto rompe para siempre el velo del Templo y nos facilita de forma definitiva el acceso directo al Infinito.

Es un hombre sin figura humana, ante quien se vuelve el rostro; el hombre que ama hasta el final, desnudo y envilecido, deshonrado y cuelga del patíbulo. Está en la Cruz, pero no para satisfacer a una divinidad ansiosa de sangre. No es Dios el culpable de este homicidio…El mismo Dios lo ha dejado claro…:” Yo no bebo la sangre de los corderos, ni como la carne de los toros…lo que yo quiero es amor, no sacrificio”.

Jesús entra en la muerte por amor, para estar con nosotros también en nuestros límites, para ser con nosotros, para atraer a todos y hacerse carne de nuestra carne, para transformarnos a todos con su resurrección.

Semana Santa, días para reflexionar, días para pensar en nuestro destino, para acompañar, orar, caminar, esperar y seguir caminando. La justicia de Dios no se expresa haciéndonos pagar a cada uno lo que hemos hecho, sino dándose a sí mismo.

Esto no es una fantasmada. La Cruz de Cristo es la prueba más contundente.

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