El mes de Mayo, mes de María. ¿Por qué?

 

Tradicionalmente el mes de Mayo está dedicado a María. Aunque el Adviento y, en concreto el mes de diciembre y uno de enero, concentra las fiestas marianas más importantes de María, desde la edad media a hoy, se multiplican las enramadas a la Virgen, son más frecuentes las peregrinaciones a los santuarios marianos y raro es el Papa que no haya dejado en el magisterio eclesial la impronta mariana de este mes. En la base de esta particular atención a la Virgen se encuentra la confluencia virtuosa del mes de las flores y la devoción popular.

Esta particular historia se remonta al siglo XIII, cuando Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, en “Las Cantigas de Santa María” celebraba a María como” Rosa de las rosas”, flor de las flores, mujer entre las mujeres, única señora, luz de los santos y camino del cielo…”

En la Edad Media surge también el rosario cuya referencia floral es evidente: como se le regala una rosa a la amada, también a María se le regala esta guirnalda de “Ave, María”.

En Roma, San Felipe Neri (1677), enseñaba a los jóvenes a adornar las imágenes de la Madre, con flores, a cantarle y a ofrecerle buenas obras en su honor. Así, a la diosa pagana de la naturaleza, “La Primavera”, se contraponía la devoción y el encanto del la Reina del cielo.
Años, más tarde, en 1725, el P. jesuita Aníbal Dionisi, acuñó definitivamente el mes de mayo como mes de María. A este jesuita habría que sumar también al P. Alfonso Muzzarelli que el año 1785 publicó: “El mes de Maria o sea de Mayo”.

El resto es historia reciente. La devoción mariana pasa por la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (1854) y va siempre en aumento, gracias sobre todo, a grandes santos como Don Bosco o S. Luis Griñón de Montfort. Todo este movimiento confluye en varios documentos de los últimos Papas sobre María, entre estos destacamos la encíclica de Pablo VI «Mense Maio» y, sobre todo su exhortación apostólica «Marialis cultus», que sitúa el culto a María en el contexto de la historia de la salvación y desarrolla la «mariología»  del Vaticano II.

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