El Corpus Christi

El origen de esta fiesta se remonta al movimiento popular de fe en la Eucaristía que, a partir del siglo XI, va creciendo en Occidente, hasta llegar a su culmen en el siglo XIV e incluso siglos después con el barroco. Nació en parte como reacción a la herejía de Berengario de Tours que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía. La fiesta se celebró por primera vez en Lieja, Bélgica en el año 1247 y el Papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia años después. El fervor popular encontró en la procesión con el Santísimo por las calles de las ciudades y pueblos un motivo especial para expresar su fe e hizo que esta festividad quedara insertada en el imaginario colectivo hasta el día de hoy. Es una fiesta típicamente popular y “católica” con la que la Iglesia de Occidente ha querido subrayar y exaltar la fe en la presencia viva y permanente del Señor.

La liturgia de la Palabra con tres ciclos de lecturas recoge los textos simbólicos del Antiguo Testamento relacionados con la Eucaristía y los complementa teológicamente con otras lecturas del Nuevo Testamento y, en particular, con las narraciones de la institución eucarística. El antiguo formulario de la misa y del oficio de este día, atribuido a Santo Tomás de Aquino, ha sido algo mutilado y empobrecido, aunque, en parte, se ha compensado con los nuevos prefacios sobre la Eucaristía.

La procesión es una especie de ritualización de las grandes verdades que la fiesta pone en primer plano: la presencia real y permanente del Cuerpo y Sangre del Señor, el culto de adoración al Santísimo Sacramento y la cercanía y acompañamiento del Enmanuel, que camina con su pueblo por los caminos del mundo y de la historia. Se trata de una ritualización que es verdaderamente eficaz cuando está envuelta y acompañada por la fe y la oración del todo el pueblo de Dios, sin concesiones
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