Cuando el mundo giró la cabeza para no ver

Ayer se cumplieron 25 años del último genocidio del siglo XX. “El papel de la juventud” este es el rótulo bajo el que se reunieron 90 jefes de estado en una ceremonia para recordar el aniversario del día en que estalló el genocidio en Ruanda.

Fue la tarde del 6 de abril de 1994 cuando un obús disparado desde una de las colinas de Kigali abatió el avión en que viajaban los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu. Probablemente no se sabrá nunca quién estaba detrás de aquel ataque, hay quien culpa a los tutsis y quien defiende que fueron los extremistas hutus. Sólo una cosa es cierta: aquel acto terrorista fue la chispa de la eliminación, en menos de 100 días, de cerca de 800.0000 víctimas entre tutsis y hutus moderados. Hay quien estima, sin embargo, que las víctimas fueron más de un millón, muertos a hachazos y a cuchilladas muchos de ellos.

Al inicio murieron también diez cascos azules belgas, víctimas de los hutus. La situación provocó la retirada parcial de la ONU y la evacuación de los extranjeros del país. Durante el genocidio, el general canadiense, jefe de las fuerzas armadas de las Naciones Unidas se lamentó varias veces de la falta de apoyo por parte del Organismo Internacional.

Cesaron las violencias con la entrada triunfal de las tropas del actual presidente de Ruanda en la devastada capital. De la etnia tutsi, la más golpeada por la situación violenta, sobrevivieron 300.000 personas, murieron 800.000. En la situación dantesca creada, todavía Francia no ha reconocido su responsabilidad y las relaciones entre Ruanda y Francia siguen siendo tensas.

Recordar estas situaciones que están ahí, y no hace mucho, sólo nos tiene que llevar a una convicción: ¡Nunca más!. El resto sólo puede servirnos para recordar aquello que parece imposible, pero lo provocamos, al tiempo que nos hace preguntarnos ¿Hacia dónde miran los políticos? ¿Dónde están esas instituciones que garantizan los derechos humanos? Cuando el incendio se dispara no son suficientes las proclamas académicas, es necesario actuar y apagar el fuego.

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