Conmemoración de los difuntos

Ha llegado otoño, un tiempo de reposo para la tierra que, a veces, puede parecer un tiempo de muerte: los árboles dejan caer las hojas que, teñidas de color, caen danzando sobre el campo. Se presenta el frío, la noche se hace más larga y la niebla hace menos diáfana la luz del sol. Es justamente en esta estación, después de las cosechas, cuando celebramos la memoria de los muertos. Aquellos y aquellas que habiendo formado parte de nuestra historia han vuelto a la tierra de donde salieron.

En este día de la conmemoración de los fieles difuntos se mezclan el dolor, la nostalgia y la oración. La oración y la fe es un apoyo en los momentos de desolación, pero también es terreno de preguntas, dudas y fatiga. Necesitamos recordar, evocar, rezar por aquellas personas que siguen habitando nuestro corazón. Ni siquiera la muerte es capaz de romper los lazos que ha atado el amor.

Hace más de cincuenta mil años que existen tumbas y sepulturas. Se remontan al hombre de Nehanderthal. El cuerpo del hombre no era abandonado como carroña para el resto de animales o dejado a la intemperie, sino que era colocado en una cueva, bajo tierra, en posición de descanso y rodeado de piedras y objetos que eran como una ofrenda, un signo de afecto de los vivos hacia los muertos. ¿Por qué esta necesidad que diferencia claramente al hombre de los animales que abandonan los cadáveres sin una particular atención? Jamás podremos dar una respuesta satisfactoria.

Quizá en ese ritual antiquísimo hay ya un rastro de esperanza, de que la muerte no fuera la última palabra sobre aquel ser…lo que es evidente es que, entre los muertos y los vivos, aquellos antecesores vieron siempre un lazo, una relación que no se rompía ni siquiera con la desaparición de aquellos.

Todavía hoy, las sepulturas son un memorial que nos hace presente que cada uno de nosotros somos hijos de quienes nos han precedido y vivimos en una historia que es una carrera de relevos.

El cristiano todo esto lo asume y lo subraya. Y además lo alimenta, porque sabe que ese cuerpo, esa persona ausente, está destinada, en su plenitud, a la resurrección. Cristo muerto, sepultado y resucitado nos lo acredita.

“¡Dales, Señor, el eterno descanso y que la luz eterna les ilumine para siempre. Amén.!”

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