¿Cómo ser testigos y artesanos de lo nuevo?

Volveremos a celebrar la Eucaristía juntos, como pueblo de creyentes. La forma en que reanudemos la celebración dirá si en la Iglesia hemos aprendido algo de esta interminable Cuaresma del covid-19. Hemos caminado sin el buen pan del camino de la fe, sin el calor y la presencia de la asamblea… Y la vuelta a cierta “normalidad” nos dirá cómo imaginamos la relación entre la comunidad cristiana y la celebración de la Misa; nos dirá qué espacio del sacerdocio doméstico, que hemos tenido que aprender en una tarde, nos queda por incorporar en nuestras liturgias eclesiales y en nuestra pastoral…

Tal vez, ese primer día lo experimentemos como un día de fiesta y de distención, pero hemos de hacerlo como comunidad que es parte de una Iglesia local, enraizada en un territorio concreto, en una región con sus peculiaridades propias. Peculiaridades que el virus nos ha hecho redescubrir como nuevas…Vivir en un determinado suelo no es un simple accidente, ni un mero lugar de paso entre otros miles, sino un piso de anclaje real que condiciona nuestra vida.

Muchas cosas cambiarán, tendremos que guardar las distancias, renunciar a gestos de cercanía… ¿Seguiremos renunciando a algo para que surja evidente, que nunca celebramos solos, que siempre celebramos como comunidad convocada alrededor de la mesa de la Palabra y del pan?

A lo largo de estos días de alarma, se han disparado las misas vía streaming, incluso allí donde nunca había eucaristía presencial, buscando de forma imaginativa ocupar espacio y visibilidad; se han multiplicado las unciones, y los mensajes de ánimo han sido la oraciones más recurridas…nada de eso está perdido. Pero hemos de dejarnos cuestionar.

Se repite con frecuencia: “Ya nada será igual…”. Tampoco seguirá siendo igual para la Iglesia, que tiene en el evangelio la clave para actuar: como la levadura, como la semilla diminuta… No es cuestión de visibilidad, sino de presencia. Por tanto, no se trata de retomar nuestras rutinas sin más. Vivimos un tiempo inédito, también para la pastoral, para los presbíteros, para las comunidades cristianas:  un tiempo para pensar, para discernir, para crear.

Hace días lo advertía el Papa Francisco: “Nuestras unciones, nuestra dedicación… nuestra vigilancia y acompañamiento en todas las formas posibles en este momento, no son ni serán en vano (…). Es urgente discernir y encontrar el latido del Espíritu para impulsar, junto con otros, dinámicas que puedan testificar y canalizar la nueva vida que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia ».

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