Bautismo del Señor (Mc 1,7-11)

Concluimos el ciclo de la Navidad o manifestación del Señor. Y terminamos con un grandioso escenario, una especie de retablo magnífico y potente que nos invita a la contemplación y a dejarnos fascinar. Celebramos el Bautismo de Jesús, estamos en las orillas del rio Jordán: El Padre presenta a Jesús al mundo, lo saca del anonimato en el que ha vivido a lo largo de treinta años.

Jesús no necesitaba ser bautizado. Más bien parece que es El, quien bautiza y santifica con su contacto con los elementos naturales, con las aguas del río, a todo el universo. Extraordinaria visión del creyente sobre todo lo creado. Esto lo sabe la Iglesia y, por eso proclama en la tercera plegaria eucarística: “Santo eres, en verdad, Padre…ya que por Jesucristo…con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo…” Extraordinaria teología del medio ambiente, de la ecología: Tú, que no sólo das vida a todo, sino que lo santificas…Santidad del agua, de la hierba, de los árboles, de la tierra, de la naturaleza…

Y, de pronto – contemplemos y dejémonos fascinar por la escena, tratemos de sentir toda la belleza y el poder de las palabras – “al salir del agua, los cielos se rasgan, se rompen, se abren y el Espíritu desciende sobre El como una paloma…”

Los cielos se rasgan empujados por la presión de Dios que quiere abrazar al hombre y el Espíritu, como el soplo de Dios, desciende sobre Cristo en un especie de danza, que evoca la danza primera del mismo Espíritu sobre las aguas del Génesis. Es el baile, el primer movimiento de toda criatura, de todo niño en el vientre materno…Es la belleza de un texto que nos habla de inicios, de comienzo de la vida pública de Jesús…En el principio de la vida pública de Cristo, la danza del Espíritu sobre las aguas del rio.

Y completa la escena una voz, una voz que viene de arriba: “Tú eres mi hijo, el amado, mi predilecto”. Tres palabras rotundas, poderosas: Las tres precedidas por el “tú”, la palabra más importante de cualquier vocabulario. Es un “yo” que se dirige a un “tú”, que entra en diálogo, en relación. Y la primera palabra es “hijo”. Un término siempre muy próximo al corazón, meta y cumbre de toda la aventura creyente: Dios hace hijos, genera hijos según su propia especie, llevamos dentro el cromosoma de Dios.

Segunda palabra: “amado”. No sólo eres hijo, eres también “amado”. Y esto, de inmediato, sin que yo haya hecho absolutamente nada por mi parte. Yo soy, como soy, “amado”… Todo depende de El, nada depende de mí… ¿Pero esto es así? ¿Cómo puedo yo con mi vida anodina, rutinaria, con mi vida dispersa y distraída, ser amado?

Pues sí…Y aún más, dice la voz: “Tú eres mi predilecto”, eres mi alegría, me gusta estar contigo. ¿Pero cómo puedo yo, que tantas veces me olvido de Dios, ser para Dios su descanso, su alegría, incluso antes de que pueda pronunciar una sola palabra?

Ante este cuadro impresionante, ante esta manifestación solemne y determinante… ¿Qué decir? ¿Qué hacer?

Posiblemente nos sentimos anonadados, encandilados por tanta luz. Sin embargo, es así como nos ve Dios y es así como hemos de vernos nosotros: “Tú eres mi hijo, amado, mi predilecto”. Tres palabras que deben alumbrar nuestros pasos y nuestra realidad actual.

Vivimos tiempos duros, pero nunca veamos esta pandemia como un castigo, sí como una signo de los tiempos que hemos de aprender a interpretar , como un vuelo del Espíritu sobre las aguas encrespadas del presente, que pueden estar invitándonos a iniciar una normalidad nueva.

A lo largo de esta marcha que supone vivir, que supone ser creyente, Dios no se desdice nunca y esto debe mantenernos siempre esperanzados. No lo olvidemos: “Yo, tú, todo hombre o mujer, en Jesucristo, somos “el hijo amado (la hija amada) del Padre Dios, en quien El encuentra su felicidad, su complacencia”.

Esto lo cambia todo, puede cambiarlo todo.

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