Asunción de María, en cuerpo y alma a los cielos

Vivimos en una sociedad que tiende a tirar de nosotros hacia abajo: Unas veces son las circunstancias que nos rodean, como la pandemia actual y sus consecuencias, otras las incidencias de la vida que a muchas personas les lleva a vivir en una depresión constante, personas que no se siente amadas, reconocidas, útiles…Y, esto sucede, como constatamos diariamente, a nivel individual, pero también a nivel colectivo: las noticias que nos llegan, a las que se les dan las primera páginas o las falsas informaciones que se inventan, van conformando una sociedad insegura, frágil, donde, con frecuencia tenemos la sensación de ir en caída libre.

¡Qué contraste con lo que nos evoca la fiesta que hoy celebramos! La asunción de la Virgen: María sube al cielo. El Evangelio quiere tirar de nosotros hacia arriba y nos presenta nuestro destino final, el corazón de Dios como Alguien que puede darnos descanso, como esa belleza absoluta que puede fascinarnos. María es el icono de este destino. Aprendamos de ella y dejémonos guiar por ella. También nosotros estamos llamados a ascender, a subir y a encontrarnos con esa plenitud infinita que tan bellamente definió S. Agustín en esta frase: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”!.

Confesamos en esta fiesta de la Virgen, una de las fiestas más antiguas de la cristiandad, que María ha alcanzado ya esa cima que todos estamos llamados a alcanzar un día. Ella es la primera redimida que lo ha logrado, siguiendo el itinerario de su Hijo Jesús, ascendido al cielo y sentado a la derecha del Padre. El es primero, tras El, todos nosotros como cuerpo suyo que somos. Tras El, María, la primera cristiana y con ella también todos nosotros. Hoy es, por tanto, la fiesta de la solidaridad.

¡Qué forma de presentarnos a María, tiene hoy la Liturgia! Recordemos la primera lectura, el libro del Apocalipsis: “Se abrió en el cielo el Santuario de Dios y apareció el Arca de la Alianza”. Y el «Arca de la Alianza» es, en conformidad con la Liturgia de hoy, María.

El Arca de la Alianza era eso, un Arca con dos figuras de ángeles en adoración, donde los judíos localizaban de forma concreta la presencia de Dios. Dentro del Arca se guardaban las tablas de la Ley que Dios dio a Moisés, testimonio histórico de la Alianza que Dios estableció con su pueblo.

Ese Arca es figura de lo que luego, en María, será realidad, en carne y hueso. Ella también guardó dentro, no unas piedras grabadas con los mandamientos de Dios, sino al mismo Hijo de Dios, Jesucristo, donde aquella Alianza de Dios con su pueblo, alcanzó su punto álgido. “Arca de la Alianza» – foederis arca -, ruega por nosotros. Así rezamos en las Letanías a la Virgen: la devoción popular contagiada de la Palabra que hemos escuchado.

María, mujer agraciada ante Dios, se nos presenta como mujer servidora, como creyente contra cultural, como mujer sencilla y fiel. La contemplamos radiante, rompiendo las nubes del cielo y rodeada de ángeles, como la imaginó el mismo Goya en un hermoso lienzo que el pintor realizó para la parroquia donde trabajaba su hermano sacerdote, en Chinchón, cerca de Madrid. Pero esa expresión triunfante tiene una historia previa, humana, profundamente humana y, al mismo tiempo, agradecida y llena de hondura.

Acabamos de escucharlo: María preocupada por su prima Isabel. Va “a prisa” a la montaña, va a compartir meses delicados de Isabel, también meses delicados para ella, porque también estaba esperando un hijo. Y va, alegre, sin lamentos, decidida,, consciente del don que Dos les ha hecho, agradecida.

María, camina, canta y pone en evidencia quién es su Dios. No se lo inventa, no lo reduce a sus expectativas, sino que lo acepta y se entrega a ese Dios que se ha manifestado en la historia, uniéndose en su canto, a la canción que otras mujeres fieles también cantaron a Dios.

“Dios ha hecho en ella cosas grandes”, María no se atribuye lo que no le toca, no se viste con plumas ajenas. Es un Dios que apuesta por los pobres y sencillos, que rechaza a los soberbios y engreídos, a los que se encierran en sí mismos, es el Dios que acaricia y libera con su misericordia a los que esperan en El. Y eso, no un día o dos, sino generación tras generación. Es decir, siempre.

Esta es la Virgen que hoy contemplamos. Este camino que ella recorre no es un camino que conduce a la nada, al vacio, al abismo, sino todo lo contrario. Servir eleva, promociona a los ojos de Dios, creer eleva, adherirse al Dios que apuesta por los pequeños y marginados hace subir, da alas para volar. Ir de la mano de María, siguiendo el Evangelio, nos hace subir.

Que María, la Virgen María, a quien tanto amamos y que tanto nos ama, nos conduzca siempre al Evangelio de su Hijo. No dejemos nunca de agarrarnos a su mano. No separemos a María del Evangelio y valoremos las cosas de cada día: es ahí donde hemos de verificar la autenticidad de nuestras devociones. “Arca de la Alianza”, ruega por nosotros.

 

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