Adviento: Evangelio del domingo II (B)

(Marc 1,1 – 8)

Estamos en medio de la noche. La pandemia nos cerca y este año la Navidad será diferente. “Es necesario – nos dicen – que este año renunciemos a los encuentros, reduzcamos el aforo de las comidas familiares, guardemos las distancias y mantengamos la alerta, para que podamos seguir celebrando la Navidad otros años”.

Y, en este contexto, llega hasta nosotros la palabra de Dios que nos habla, a través de Marcos, de “inicio”, de comienzos. Otro mundo es posible…La segunda lectura lo expresaba así: “Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva…”

Lo que en la vida ordinaria nos hace empezar a vivir de nuevo, a planificar, a entusiasmarnos y romper con la inercia y la desgana, es siempre una buena noticia, una grieta en la oscuridad que nos hace ver la luz, avivar la esperanza.

“Principio del Evangelio” – afirmaba el texto proclamado de Marcos – y el Evangelio es una persona, es Jesucristo. La persona que puede hacernos recuperar el primer amor, es Jesucristo que viene, Dios que emerge bajo nuestro mismo sol, que acaricia y acoge, que atrae y fascina, que perdona y dibuja que es posible otro mundo, es posible vivir con un corazón diferente.

Dios se propone como el Dios de los comienzos… En un marco cultural y social donde todo parece definitivamente determinado, reiterativo y marcado por la fatalidad, es posible abrirnos al futuro, generar cosas nuevas, empezar. Es posible atravesar el desierto, hacer posible lo que nos parece imposible.

En medio de esta pandemia hay cosas buenas que retener: “Es posible vivir más austeramente, es posible compartir más, es posible vivir con menos, es posible remar juntos, es posible encontrar gente disponible y servicial hasta el límite, es posible valorar la vida de los mayores; nadie, absolutamente nadie, debe estar descatalogado en la sociedad, todos somos necesarios, y así un largo etcétera.

Dos son las voces, separadas por siglos, que gritan las mismas palabras, bajo el sol del mismo desierto, el desierto de Judá: En primer lugar, la voz de Isaías: “Consuela, consuela a mi pueblo…¡He aquí que viene tu Dios! Díselo al corazón”. En segundo lugar, la voz ronca, dramática, exigente, de Juan el Bautista: “¡He aquí que detrás de mi viene uno que es más fuerte que yo y puede más que yo”.

Isaías añade: “Dios llega como el pastor que toma en brazos a los corderos y conduce, a su paso, a la oveja madre”. Es la fuerza y el poder de la ternura, del que sabe hablar al otro “de corazón a corazón”. Un capital que está al alcance de todos, de ti también: La ternura es una fuerza al alcance de todo hombre y de toda mujer.

Vivimos en un desierto, la pandemia nos lo recuerda. En el desierto no hay caminos, no hay vida, no hay áreas de descanso. Y ahí hay que abrir caminos, allanar, nivelar, hacer que lo elevado se abaje, lo hundido se levante, lo torcido se enderece. Vivimos que es mucho y en el desierto de lo imprevisto hemos de seguir caminando, resistiendo, esperando. Lo mejor está por llegar y lo mejor es El, el Señor que viene, lo hace todo nuevo y nos invita a recrear nuestro corazón y nuestra sociedad. A recrear también la Iglesia. “Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.

¿Qué puedo hacer yo, a nivel personal, familiar, social, eclesial para hacerle más fácil, más recto y ligero, el camino a los otros?

¿Tengo sueños, a pesar del momento? ¿Qué hago para hacer posible esos sueños? ¿Coinciden mis sueños con los sueños de Dios? ¿En qué consiste para mí “el cielo nuevo y la tierra nueva” que espero? ¿Cómo lo voy construyendo?

¡Ven, Señor Jesús!

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