Adviento. Evangelio del domingo I

(Marc 13, 33-37)

Empezamos el nuevo Año Litúrgico y el Evangelio, en la parrilla de salida, nos habla de una noche. Según Marcos nos movemos en un clima nocturno y esperamos permanentemente que se abra un agujero en el techo, una brecha en el muro y vislumbrar, aunque sea de lejos, el final del túnel.

Marcos enumera, incluso, la fatigosa lista de las etapas a superar:” “A la tarde, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana”. Sólo una cosa es segura: Llegará.

Hablar de “noche”, es hablar de la pandemia que nos arrolla y nos atemoriza; es hablar de incertidumbre, de inseguridad; es hablar de resistencia y de ganas de volver a una normalidad conocida, segura.

El “Adviento” es como esa puerta que se abre, esa brecha que se encuentra, esa grieta en el techo que deja pasar la luz no para encandilarnos, sino para iluminarnos, para empujarnos hacia arriba y cruzar el cielo negro que nos envuelve. Como decía el poeta: “Esperamos que por encima de las nubes siga brillando el sol”.

Mientras tanto el profeta Isaías es el que clama y lucha, en nuestro nombre, por la tardanza de Dios: “ ¡Ojalá, Señor, rasgaras el cielo y bajaras…!”

No es el ser humano el que sube al cielo, es el Señor el que desciende, el que decide unir su camino a nuestro camino…El profeta tiene, incluso la osadía, de pedirle a Dios su conversión…”¡Vuélvete – le dice – por amor a tus criaturas, por amor a tu hijos…!”.

Pero, la espera de Dios termina, cuando caemos en la cuenta de que El está a nuestra puerta y toca…Que el tiempo de la bienaventuranza ya ha comenzado: “Tú sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos…Todos, sin embargo estábamos manchados…Nadie se esforzaba por agarrarse a Ti…Éramos como hojas secas que arrebata el viento. Pero Tú no nos abandonabas, porque eres nuestro Padre, porque somos criaturas tuyas, somos la arcilla y tú eres el alfarero.”

“Las grandes cosas, las cosas más importantes de la vida, no se buscan, se esperan”. Afirmaba una singular creyente, Simone Weil: Dios no se merece, no se compra, no se adquiere. No se conquista. A Dios simplemente se le acoge. Se le abre la puerta: “Si me abres, entraré…”

Pretendemos determinarlo todo, alimentar la sensación de poder, estar siempre activos; nos cuesta aceptar y no intervenir, incluso, en las decisiones del otro…En definitiva nos cuesta esperar. Pero, el Evangelio insiste: “Estén atentos” y “vigilen”, porque no saben cuándo será el momento.

Dos verbos claves para entender la espera: “Prestar atención” y “mantenerse despiertos”.

“Prestar atención”…Todos hemos conocido alguna vez la experiencia de la nada, esos días en los que nos costaba concentrarnos, caer en la cuenta de las cosas, sentirnos expectantes…Todos hemos vivido días perdidos, en los que hacíamos las cosas, pero nuestra cabeza estaba en otra parte…”Prestar atención” es todo lo contrario: es vivir cada encuentro, cada situación, como única; es amar, es una forma de oración…

Y, como segunda actitud para el equipamiento de la espera: “Mantenerse despierto”. Como el centinela que capta cualquier ruido, cualquier movimiento, por tenue que sea. Vivir cuidando y valorando los primeros pasos, las primeras luces para apoyarlas, protegerlas, cuidarlas.

Puede ser el tenue movimiento de alguien distante que trata de acercarse, las primeras brazadas del náufrago que busca sobrevivir, los tenues latidos de un corazón que arranca, la primera hebra de una semilla sembrada y abandonada, las primeras señales del final del túnel de esta pandemia en la que nos ahogamos… “Vigilar” para detectar y abrirnos a la esperanza, a la dinámica de la vida, para escuchar el ruido silencioso de los pasos de Dios…”¡El es nuestro Padre!”

Cada movimiento positivo, cada buena noticia que tonifica la vida, todo brote que nace es ruido de pasos, todo, absolutamente todo, es sílaba de Dios…

Así lo expresó el poeta:

“¿No oís sus pasos silenciosos?
El viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad,
todos los días y todos las noches.
El viene, viene, viene siempre. (R. Tagore)

Es Adviento. El Señor viene y el Evangelio nos recomienda equiparnos para la espera con dos actitudes claves: “Estar atentos” y “Vigilar”.

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