A la luz del Evangelio del Jueves Santo

Hemos comenzado la Pascua del Señor: el Triduo Pascual. No son días de preparación para la Vigilia, no. Ya, en sí mismos, estos tres días son como un solo día, Pascua; San Agustín los llamó “el santísimo triduo de Cristo Crucificado, sepultado y resucitado.”

Las circunstancias son inéditas. Hoy nuestra iglesia estaría llena como en años anteriores y, sin embargo, el vacío, el silencio, la sensación de clandestinidad y de que algo fuera de todo control nos amenaza, hacen que nos sintamos pequeños, frágiles.

Nos creíamos fuertes, seguros, hasta hace pocas semanas: uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, – cuando se le hablaba del virus a alguno de los responsables políticos, a tenor de lo que pasaba en otros países, decía que eso no pasaría en España, que, a lo más, podríamos tener algún caso aislado, – íbamos alcanzando cada año cotas mayores de bienestar, el turismo crecía sin parar, íbamos superando los viejos fantasmas del paro, de la crisis económica …Y, de pronto nos vemos desnudos, buscando a tientas una fecha definitiva para concluir el estado de alarma y, asumiendo decisiones que nos confinan en casa, que controlan nuestros movimientos, que prohiben nuestros abrazos y besos.

Y aquí estamos, orando de mil formas y tratando de paliar nuestra impotencia con todos los recursos inimaginables. Y con nosotros va El…”¿No te importa que nos perdamos?”
Pensamos, nos lamentamos, rezamos a Dios, como los discípulos zarandeados en medio de la tempestad. Y, cuando le buscamos mirando hacia arriba, resulta que El también va en la barca. Está tan cerca, quiere estar tan dentro de nosotros que ahora se hace Palabra y se hace Pan para que lo compartamos. Está ahí, en el servicio, en el desconcierto, en medio de la fatiga y del miedo.
Está ahí, en la popa, al final como siempre, entre los últimos. Y va también zarandeado, fatigado, agotado.

Descubrir al Dios de Jesucristo es clave para todo creyente, pero también para todo hombre de buena voluntad. A él no hay que buscarlo en la estratosfera, ni en el temblor de los montes o en la ruptura de los volcanes, tampoco en los saltos mágicos desde las azoteas del Templo para someter nuestra incredulidad. Está ahí, en la popa de la barca, en el corazón de la vida, al final de la fila.

Como nunca, lo estamos descubriendo en estos oscuros días: en los sanitarios que exponen su vida para sanar la vida de los demás, en los obreros sin nombre que cada noche recorren nuestras calles limpiando la ciudad, en los asalariados y empresarios responsables, que mantienen y hacen posible que podamos tomar medidas inauditas frente al virus; en los conductores que, a veces, totalmente solos en sus guaguas, aseguran cualquier eventualidad… En los sacerdotes al pie de sus comunidades, a los miembros del equipo de Caritas que arriesgan y ofrecen respuesta concreta a la persona que solicita ayuda puntual en estos momentos de máxima pobreza, porque la pobreza no entiende de virus…Está en el vecino que se ofrece al que está solo para solucionarle sus necesidades, en los difuntos que mueren solos, en aquellos que en el límite encuentran fuerzas para despedirse a través de móvil y decirle a la persona amada, cuya mano y cuyo corazón están recluidos, “te quiero”… y al que ora desde su aislamiento porque cree en esa fuerza invisible. ¡Cómo ha crecido,- es casi un sunami,- la oración en estos días, la oración que mantiene la esperanza, que suplica, que nos cohesiona en la distancia,!

El está ahí, en todos los que siguen dándole cuerda a esta sociedad donde vivimos y nos invita a desplegar las velas a la menor oportunidad, por insignificante que sea. ¿Por qué dudan?

Fue en una casa de Jerusalén donde Jesús celebró la Cena e introdujo en aquel ritual su propia Pascua. No fue en el Templo, ni en la Sinagoga, fue en el ámbito doméstico, “en la habitación de arriba.” Este puede ser también otro de los redescubrimientos en esta pandemia: en la casa podemos orar, es fundamental llevar a casa, alimentar en casa, nuestras formas, incluso rituales o devocionales, de confesar y de vivir la fe.

“Este Pan es mi cuerpo entregado y este vino es mi sangre derramada. Hagan esto en memoria mía”. Celebramos la Misa, la Misa en la Iglesia y la Misa en la vida. Esta misa personal, comunitaria, familiar, cósmica que recorre el mundo hoy y siempre.

¡Dios está aquí, en el Pan de la Palabra y en el Pan de la Eucaristía, en esta invisible comunidad cristiana, dispersa pero sintonizada entre sí, unida e integrada en un sola persona: Jesucristo! El está en lo mejor de nosotros, eso que brota en los momentos de dificultad y hace evidente la huella de Dios en el hombre, está incluso en esta Cruz del coronavirus que como un estandarte puesto en alto, como el Crucificado, puede decidir en adelante un cambio de timón en nuestra barca, un modo de vivir diferente. Si algo ha puesto en evidencia la situación que vivimos, es que nos somos omnipotentes, no somos dioses, somos de barro, pero “polvo de estrellas”, barro que lleva dentro “sed de Infinito”.

En nuestro mundo hay reservas de bondad, de servicio, de sueños. ¡Animo, no tengan miedo! En el corazón de nuestra fatiga el Señor va con nosotros. ¡No estamos solos!

¡Santa María de la Esperanza, Madre de la Soledad y del silencio, del amor echo servicio, mantén el ritmo de nuestra espera!.

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