A la luz de la Palabra del Viernes Santo

En la Pasión de Jesucristo, según S. Juan, se nos  ofrece una contemplación litúrgica del sacrificio de la Cruz. A la hora nona, es decir sobre las tres de la tarde, a la misma hora en que en el templo de Jerusalén, se sacrificaban los corderos para el holocausto litúrgico, el verdadero cordero de Dios – «no se le rompió ningún hueso…» – moría ejecutado en las afueras de la ciudad, lejos del templo, colgado de una cruz, como un  malhechor. ¡Qué paradoja!

Lejos del templo, moría Aquel que por definición era dueño del templo…y  moría como un bandido, Aquel a quien se le ofrecía en el templo los corderos degollados. “Este es el cordero…! ” Le identificó en su momento el Bautista. ¡Qué difícil es acostumbrarnos a un Dios así!

¿Cómo fue posible tamaña confusión? ¿Por qué tratando de defender a Dios aquellos hombres mataron al mismo Dios?

Ni el poder de Roma, ni las autoridades religiosas de Israel pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender a Dios no se casaba con lo que ellos entendían que debía ser Dios. La forma de proceder de Jesús, era un peligro: No defendía el imperio, no le importaba romper la ley del sábado o las tradiciones religiosas, porque su prioridad era siempre aliviar el sufrimiento de las gentes, tocar a los leprosos, dar vista a los que no veían, aliviar el dolor de la viudas, acoger a los niños, esos seres emblemáticos del desamparo y de la exclusión entonces.

No se lo perdonaron: Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del sistema impuesto, con los olvidados por la religión del templo. Fue ejecutado sin piedad en una cruz y, ahora,  en él se nos revela Dios, identificado con todos los inocentes condenados, con todos los crucificados del mundo, con todos los heridos  de la historia.

Es importante ponerle rostro a esos inocentes, revestir de sentimiento  las palabras: Cristo sigue estando entre nosotros. Está ahí, en el barrizal, a las puertas de Europa, forman filas interminables o asaltan en masa las vallas de espinos. Son legión: 70 millones de prófugos. Caminan agotados de un lado a otro.  Forman un cortejo macabro: Mujeres explotadas, niños sin futuro, enfermos de coronavirus que se descartan porque ya, por su edad,  se les da por amortizados, ancianos olvidados….Son, en definitiva, todos aquellos y aquellas que sufren a nuestro lado. Hoy, todos  sus gritos reclamando justicia se hacen una sola reivindicación en el grito de Jesús antes de morir.

En ese rostro desfigurado de Cristo– «no había en él hermosura, ni figura humana…»  – se nos revela un Dios sorprendente, un Dios que rompe todas las imágenes convencionales que nos hacemos de Él. Ese cuerpo deforme que no tiene nada que ver con las imágenes de nuestros crucificados atléticos, oliendo a sangre, a sudor…pone en solfa toda práctica religiosa que pone a un lado el drama de los que sufren, el rostro de los crucificados del momento.

La muerte de Cristo en la Cruz es un desafío para los que le seguimos: no podemos adorar, exaltar, llorar por el crucificado y al mismo tiempo, dar la espalda al sufrimiento ajeno, no concentrarnos en curar sus heridas.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días y desde esas imágenes, hermosas y limpias que procesionamos por nuestras calles, pero que nos remiten a una historia desconcertante.

Miremos al crucificado…mantengamos la mirada. Si lo contemplamos  despacio, pronto ese rostro se poblará de otros rostros que reclaman nuestra atención y compasión, nuestro amor solidario.

Que María, la Virgen de la Soledad, de pie junto a su hijo, nos mantenga en pie junto al que lo necesita.

¡Te adoramos, Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz has redimido al mundo!

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