San José

Celebramos la fiesta de S. José. Un hombre “bueno”, dice el evangelio… que ya es bastante. Recuerden que Jesús mismo se admira de que le llame “bueno” aquel muchacho que se le acercó y le dijo: “Maestro bueno…” ¿Por qué me dices bueno? Le contesta Jesús, “bueno” sólo es Dios. Por tanto, no es poco llamarle “bueno” a José, porque un hombre o una mujer “buena” siempre nos atrae y siempre despierta en nosotros confianza en las posibilidades del hombre, esperanza en el futuro.

Probablemente tenemos un serio problema en nuestros días. Los medios de todo tipo que generan información de forma permanente, no evidencian, casi nunca la bondad. Y lo que se hace noticia no son los miles de padres y madres que se desviven por sus hijos o las miles de personas que, en silencio, trabajan y se esfuerzan por hacer que nuestro mundo sea mejor, sino todo lo contrario: aquella persona que rompe todos los esquemas, lo raro, lo morboso, lo excéntrico, lo cruel, lo violento. Esto debería hacernos reflexionar, porque tendemos siempre a generalizar el mal, el pesimismo, la desesperanza o a desprestigiar el bien, llamándole sarcásticamente “ buenismo”. ¿Por qué ha de triunfar siempre el mal, por qué de lo que se habla es del mal, por qué ha de quedar en la memoria la crueldad malévola de una asesina, antes que la fuerza y la grandeza de una madre que, ante su hijo muerto, es capaz de levantar su voz para apoyar lo bueno, la solidaridad desatada, la compasión movilizadora de millones de ciudadanos?

El mal existe, sin duda, pero también el bien. Hay gente que desanima, que crea desesperanza, que son nocivas, pero también hay gente buena, cariñosa, alegre, con ganas de ayudar y hacer el bien. Somos imperfectos, evidentemente….sólo Dios es bueno sin fisuras, pero, muchísima gente, sin duda todos nosotros, aspiramos y nos esforzamos cada día por parecernos a Dios, es decir por ser buenos. Ojalá sea así.

Y, este hombre bueno… que no tonto, ni simple, ni inconsciente…es revestido de una responsabilidad no esperada. Dios que se fije en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante, lo elige para ocupar su propio lugar, para que haga de padre de su propio hijo Jesús. Y, José, obediente y sencillo lo asume sin entender mucho lo que Dios le pedía. Y lo asume con tal fidelidad y responsabilidad que a Jesús le conocerán como “el hijo de José, el carpintero” Y Jesús entroncará en la larga lista de los que sostuvieron la promesa de Dios en el Mesías, gracias a José. Así lo leemos en la genealogía de Mateo.

Esto significa mucho en la vida de una persona: ser padre o madre es mucho más que dar a luz un hijo, es custodiarlo, ayudarle a crecer, enseñarle valores, insertarlo en una tradición familiar y en un contexto cultural determinado. En definitiva, enseñarle a ser “buena persona”.

Y, todo esto, lo realizó José en silencio

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