Cristo Rey. Evangelio del domingo XXXIV (Ciclo A)

(Mat 25, 31-46).

Concluimos el Año litúrgico, hemos llegado al final. ¿Y qué queda al final de todo, cuando nada queda?

El Evangelio responde a esta pregunta en el marco de un escenario imponente, dramático. Lo que queda, es sólo lo que hayas hecho con tu hermano. “Al atardecer de la vida me examinarán del amor,” subrayará bellamente San Juan de la Cruz en ese texto que tantas veces hemos cantado u oído.

El evangelio no se anda por las ramas, responde enumerando seis obras, para luego ir más allá: “Lo que hagas con uno de estos mis hermanos menores, conmigo lo haces”. La puesta en escena es grandiosa y nos sitúa en el marco austero y definitivo de un juicio.

Pocas veces en nuestras celebraciones hablamos claramente sobre la dinámica de exclusión de nuestro sistema social. Nos da miedo generar divisiones, alimentar conflictos y enfrentar a unos grupos sociales contra otros. Y callamos, sin darnos cuenta que las divisiones están en la sociedad, los conflictos existen y están ahí, aunque pasemos de perfil junto a ellos o queramos evitarlos hablando del sexo de los ángeles.

En el Evangelio que acabamos de proclamar, Dios toma el relevo y pone en claro lo que muchas veces queremos silenciar o suavizar. Entenderíamos mal el Evangelio de hoy si viéramos en él que Dios separa. Dios no separa, sí pone en evidencia las separaciones que nosotros hemos generado y en las que gastamos los recursos y las fuerzas: CIES, campamentos, cárceles, aislamiento, muros, fronteras…Es cierto, lo problemas no son fáciles. Más bien son todo lo contrario, muy complejos… Pero eso, no nos exime de buscar soluciones.

De nada vale nuestra liturgia, nuestra oración, nuestros golpes de pecho, si sólo nos hemos preocupado por nuestra suerte e incluso hemos engordado a costa de los hambrientos, desnudos, enfermos…A los que hemos echado a la cuneta, acumulando y disponiendo de lo que aquellos necesitaban para vivir.

Lo que está sucediendo en nuestros días en Canarias, la masa humana de inmigrantes llegados a nuestras costas y tratados peor que animales, es, sin duda, el paradigma de una sociedad donde hay ciudadanos de primera, de segunda y personas que no lo son, simplemente son una carga a la deriva, molesta e inoportuna… Ignorada por los poderes políticos, económicos y fácticos, a los que no les interesa sino el poder por el poder, el beneficio por el beneficio o la supervivencia de una estructura que no ve más allá de sus muros.

Dios no quiere esto. Lo deja claro. El no ha venido a separar, ha venido a reunir. El quiere ser “Todo en todos”. Se identifica tanto con el excluido que llega a decir que “lo que hagamos a uno de estos, a Él se lo hacemos”. Cristo Rey del Universo nos recuerda que el único modo de reinar es reuniendo y venciendo, incluso con la propia vida, todo sistema de venganza y exclusión que mata y separa.

Por eso, Cristo reina cuando las víctimas son reivindicadas, las mentiras destapadas y los privilegios a costa de los débiles denunciados.

La balanza de mi vida no la decide mis pecados sino mis buenas obras, y la verdad de mi vida, no la determina mi debilidad, sino la capacidad de mi corazón.

En cada hombre y en cada mujer, Dios, como Adán cuando se encontró con Eva, nos dice: “Este es carne de mi carne y hueso de mis huesos.” No elijamos la distancia, vivir lejos del otro, porque sería vivir lejos de Dios. Todos podemos hacer algo… ¿Quién no puede dar un vaso de agua al que tiene sed?

Cristo es Señor, Rey de todos y quiere reinar sobre todos. Quiere que todos entremos en el gozo de su Señor…Y la puerta para entrar en ese gozo definitivo se abre desde fuera: “Ven, bendecido por mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…”

“Al atardecer de la vida me examinarán del amor…” Al final, Dios, no nos preguntará sobre nuestras devociones o prácticas religiosas, sino sobre lo que hemos hecho ante el dolor del hombre. No me mirará a mí, mirará a mi alrededor, a aquellos a los que he cuidado.

“Señor, dame un corazón cercano, comprometido…capaz de abrazar, de llorar, de reir, de sentir…Un corazón vivo, no muerto!” (Ch. Péguy)

Escrito por