Evangelio del Domingo de Ramos

(Mt. 26,14-27.66)
Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa, la Semana Mayor del Año. Entramos en Jerusalén y, al mismo tiempo, en la semana más densa del calendario anual. Con palmas y ramos de olivo – dos árboles muy presentes en la Biblia – levantamos nuestros brazos como signo de oración al paso del Hosanna. Si, los levantamos, aunque no los movamos, no tengamos ramos a nuestro alcance y nuestras voces apenas acudan a nuestro reclamo. No importa. Aunque echemos de menos nuestras asambleas y el alboroto de los niños se haya dispersado, desde dentro, nuestro corazón canta y los solos de cada uno, aislados, recluidos cada uno en su casa, se enredan, se acoplan y armonizan como nunca.

Entramos en una Semana Santa extraña, cabalgando sobre la curva del coronavirus y mirando a Aquel que viene, montado en un asno. Entramos y vamos al encuentro del sufrimiento. El sufrimiento que se manifestó, como nunca, en la pasión de Jesús y ahora estalla en las cruces innumerables donde Cristo sigue crucificado en sus hermanos. Esta es la semana de la extrema vecindad con el dolor al que la liturgia nos confronta desde el Domingo de Ramos con la lectura de la Pasión.

“Todos los hombres – decía el gran teólogo D. Bonhoeffer – se acercan a Dios cuando sufren, lloran y piden ayuda, esperan felicidad y pan, suplican que les sane de su enfermedad, que les libre de la muerte. Así reaccionamos todos, tanto cristianos, como no…Y, cuando nos acercamos a El, nos encontramos, con un Dios pobre, humillado, sin techo ni pan, agotado… Los cristianos sabemos que nunca estamos tan cerca de Dios como en el sufrimiento…”

Aislados, lejos unos de otros, los cristianos nos sentimos vecinos de cuantos sufren, de cuantos se fatigan más de la cuenta para sobrevivir, de los que carecen de pan y de salud, de los que no tienen una presencia cercana. Nos sentimos vecinos y, al mismo tiempo, acupuntores del dolor y de amor.

La Cruz es la rúbrica del cielo ante el destino humano. Dios escribe su respuesta con el alfabeto de las heridas, el único que no miente. Es un hombre entre el cielo y la tierra, con los brazos abiertos para no cerrarlos jamás. No reclama nada para sí, no reivindica absolutamente nada…sólo se acuerda del que está a su lado, disculpa a los que lo insultan, se preocupa de la suerte futura de su madre y la entrega al discípulo amado…

La Cruz se transforma en la cima de la belleza. La suprema belleza de la historia acontece ahí, en la Cruz, fuera de la ciudad santa, mientras las tinieblas cubrían la tierra. No es extraña, por tanto, la atracción, el estupor del buen ladrón, la confesión del Centurión, el enamoramiento de aquel grupo de mujeres.

Después de dos mil años, también nosotros, como las mujeres, como el buen ladrón, como el Centurión, sentimos que en la Cruz está el punto de confluencia, la suprema atracción de Dios.

No en vano, alguien escribió: las “belleza salvará al mundo” (F. Dostoyevski).

Se abajó, y se hizo esclavo, hasta la muerte y muerte de Cruz…por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título…” (Filip 2, 8-9).

Escrito por