Evangelio del Domingo

(Mt 24.37-44)

Iniciamos un nuevo Año litúrgico, es Adviento. Un nuevo Año litúrgico es una nueva oportunidad de salir al encuentro del Señor; un camino a recorrer, que ciertamente tiene que ver con nuestro pasado, pero que nos abre a un futuro nuevo, un futuro que hemos de ir construyendo en el presente, golpe a golpe y que está en camino. Por tanto que ésta sea, como afirma S. Pablo, nuestra determinación en la línea de salida: “Dejando atrás lo pasado, corramos  y afanémonos por conquistar lo que está por delante”. Y por delante está Dios, que nos invita a mirar al futuro, y ese futuro es El mismo.

No son tiempos fáciles los que vivimos…Posiblemente nunca lo han sido: La fractura familiar, social, política, eclesial…es determinante. La crisis económica, entre otras crisis, es un bucle que arrasa, y lo hace a todos los niveles; no se trata sólo de contar con recursos suficientes para vivir, sino que se trata también de superar los efectos negativos que el paro, la escasez o la carencia total de esos recursos, produce en las personas: familias deshechas, emigración, ahogados y rechazados sin un suelo donde instalarse, personas viviendo al borde del drama, rupturas interiores que conducen a la depresión y al desánimo generalizado, apatía, corrupción, etc., etc.

“En la época de Noé – dice el evangelio – los hombres comían y bebían…” y no notaron nada. No se dieron cuenta de lo que sucedía: un mundo moría y otro mundo nacía. Los días de Noé son los días de la superficialidad, “el gran pecado de hoy.”

¿Qué hacer? ¿En estas condiciones significa algo la llamada de Jesús a vivir “despiertos”? El Adviento es un tiempo para darnos cuenta, para detenernos y ver…para acoger el mundo nuevo que nace… para dar paso a la Esperanza.

Es absurdo pasarnos el tiempo añorando el pasado o vivir sin mirar…- se puede, claro que se puede, vivir sin mirar, sin querer enterarnos de lo que pasa, – pero en este barco vamos todos, si se hunde todos nos ahogaremos. Porque el cielo sólo se alcanza con los pies bien en el suelo, sorbiendo grandes trozos de fatiga, grandes trozos de tierra.

Las primeras comunidades cristianas también vivieron años difíciles. Perdidos en el inmenso imperio romano, entre persecuciones y conflictos, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: “¡Vivan despiertos! ¡Tengan los ojos abiertos! ¡Estén alerta!”

¿Cómo escuchar con oídos nuevos estas advertencias del Señor? ¿Qué hacer para que la Esperanza no se nos agote y el futuro que Dios nos promete no se convierta en un sueño irrealizable? ¿Qué habría que cambiar en nuestro mundo para que la muerte de un anciano congelado en el banco de un parque cualquiera o momificado después de meses, incluso años, muerto en soledad, ignorado – como dice el Papa Francisco en la exhortación “El Gozo de la Fe” – fuera más noticia que si la Bolsa ha bajado dos puntos porcentuales?

Hace pocos días se recordaba el nacimiento de un gran escritor francés, Albert Camus. Era un hombre ateo, atormentado por el sufrimiento del mundo y el sinsentido del dolor infringido a los inocentes. Ateo, pero honesto. En una especie de mesa redonda que tuvo en Paris, en su momento, sobre “cómo ven los no creyentes a los creyentes”, decía:

“Me gustaría que ustedes los creyentes fueran claros y rotundos a la hora de condenar el dolor de los inocentes, de tal forma que no le quedara la más mínima duda al más sencillo de los ciudadanos de qué parte están. Posiblemente no podremos vivir en un mundo donde no se sacrifiquen a los inocentes, pero sí podemos reducir su número. No coincido con muchas formas de plantear su Esperanza.”

El testimonio de este hombre puede hacernos pensar. No digo que tenga o no tenga razón, pero sí nos puede ayudar a hacer autocrítica: una de las formas de falsear la Esperanza cristiana es esperar de Dios la salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento humano. Es, sin duda, una tentación que nos amenaza permanentemente: alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad, porque “ojos que no ven corazón que no siente”.

Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo juez: “¿Cuándo te vimos hambriento o sedientos, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?” Esta será la pregunta final que nos hará el Señor si nos empeñamos en vivir con los ojos cerrados. Por ello abramos los ojos, despertemos!. No podemos vivir como si nada pasara, encerrados en lo inmediato, en nuestro particular cabaret, despreocupados como aquellos hombres a los que sorprendió el diluvio, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Vivir vigilantes es mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones: La Esperanza cristiana no es una evasión ciega hacia un más allá, dejando en la cuneta a los que sufren.

¡Animo! El Señor viene, vendrá. Salgamos a su encuentro, como dice la oración que acabamos de dirigir al Padre, “acompañados de las buenas obras” .

Y, concluyo, con unas palabras del Papa Francisco. Que nos sirvan de aliento y aviven en nosotros la verdadera Esperanza:

«Sueño – dice el Papa – con una opción misionera,con una Iglesia  capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual, más que para la auto-preservación.

La virtud de la Esperanza…nunca debe confundirse con el optimismo humano, que es una actitud más relacionada con el estado de ánimo. Para un cristiano, la esperanza es Jesús en persona, su fuerza liberadora y volver a hacer nueva cada vida» (Homilía en Santa Marta).

La imagen principal de este tiempo es María…Santa María de la Esperanza. Con ella, imagen de la Iglesia, oramos:
“¡Ven, Señor Jesús!”

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