Don Carnal y Doña Cuaresma

Según la leyenda urbana, en estos momentos se baten, o preparan su duelo, Don Carnal y Doña Cuaresma. No es para tanto. Hubo un tiempo marcado por la austeridad y la penitencia en el que desembocaba ese mundo al revés que es el Carnaval, ese sueño imposible hecho relato durante unos días: el de abajo se burlaba del de arriba, el penitente se mofaba del que dominaba las conciencias el resto del año y la transgresión se instalaba en las calles. Hoy la ruptura entre una situación y otra es menos perceptible, hasta tal punto que ni siquiera el calendario marca un antes y un después. El Carnaval sigue por los pueblos como esas uvas que en algunos sitios, contra toda obviedad, celebran el 31 de diciembre  en agosto. Don Carnaval engorda por momentos y Doña Cuaresma padece de anorexia galopante. ¿Quién se acuerda de ella?


Vivimos en una sociedad que ha roto sus símbolos y hacemos fiesta sólo porque toca. No es eso a lo que nos invitan nuestros genes: la fiesta es necesaria, es ruptura, pero también resuello para continuar con bríos. Si siempre es fiesta no hay fiesta, si es fiesta porque otros nos la vende, sólo es consumo.


Nosotros los cristianos nos encaminamos hacia el corazón de la fiesta cristiana: la muerte y resurrección de Cristo y comenzamos un entrenamiento intenso. No se trata de autoflagelación o masoquismo. No tiene sentido, o quizás sí, porque hoy se ayuna o se renuncia a miles de posibilidades que nos hacen más humanos por razones adjetivas. Se trata de encontrar en este tiempo cuaresmal, más allá de las palabras y del ruido, aquello que haga más diáfana la vida y nos abra de par en par el horizonte de los deseos.


Cuaresma son cuarenta días para caminar y salir al descampado, donde nada nos distraiga; para encontrarnos con nosotros mismos y responder sin evasiones a nuestras grandes preguntas.

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