Cruz de Lampedusa

Ayer, junto a la información machacona de la lotería de Navidad, las agencias de noticias nos servían la tragedia del año: 60 millones de personas desplazadas en el mundo. Muchos son niños, hombres y mujeres, desarmados, heridos, que sólo piden compasión. Europa, esa Europa capaz de unirse para castigar al enemigo y defenderse, no es capaz de encontrar salida a esta tragedia humana simbolizada en esa cruz ante la que el Papa celebró la Eucaristía en Lampedusa. Hoy, esa cruz, es la última adquisición del British Museum de Londres. Fue realizada con la madera de la barca en la que por enésima vez naufragaron los que buscaban sobrevivir huyendo de la guerra, de la pobreza, del hambre. Es el símbolo de todas esas personas, muertas en el intento de buscar comprensión y una vida nueva lejos del odio y la destrucción. Es un grito que no nos permite olvidar, ni cerrar los ojos, ante tanta desesperación. En cada una de esas muertes en el mar, naufraga también nuestra conciencia.

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