Europa ¿Amor o camas separadas?

Europa es la gran cuestión. A favor o en contra, Europa es la noticia. El viernes pasado celebramos el sesenta y cuatro aniversario de lo que se considera el nacimiento de la Unión Europea, el 9 de mayo de 1950, fecha en la que se publicó el conocido Plan elaborado por Robert Schuman en cooperación con Jean Monnet. En él se proponía el control sobre la producción del carbón y el acero con vistas a evitar otra guerra como la que había devastado a los países del viejo continente. “El Plan Shuman,” como se le conoce, nació, ante todo, como una iniciativa de paz y de aquella iniciativa surgió el día de Europa.
Poco más tarde, los gobiernos de Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos se sumaron a la iniciativa que ya había aceptado el gobierno alemán de Adenauer. El 6 de Abril de 1951 los seis países firmaron el acuerdo de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) y la Europa soñada por aquellos grandes estadistas del momento comenzó a rodar.
Ahora, después de decenas de años, se nos dice que el próximo domingo, 25 de mayo, estamos ante las elecciones más decisivas de la historia europea. Que por fin podremos decidir quién queremos que presida la comisión que más se parece a un gobierno de Europa. Que por primera vez los candidatos debaten sus programas y podemos darle rostro a sus programas y partidos. Que en Europa nos jugamos gran parte de nuestro futuro económico y social.
No es fácil convencerse de lo importante y decisivo que puede ser el voto de cada uno y mucho más difícil llegar a la conclusión de que mi voto va a cambiar el rumbo de una realidad que nos pesa como una losa. Un Parlamento que percibimos como cementerio de elefantes, “gastón” e ineficaz y un Consejo Europeo que absorbe con voracidad poderes y se retrata en los momentos claves impotente y tímido.
Sin embargo es hora de apostar. Y, como siempre, es necesario hurgar en los orígenes y en las propuestas de aquellos carismáticos del primer momento. El peligro del escepticismo y de la “eurofobia” es real y, sin duda, propiciado largamente por una política que siempre puso la Europa de los mercaderes por encima de la Europa de los pueblos y de los ciudadanos. Pero hay que optar. Europa es una opción y, al mismo tiempo, una construcción lenta. El dilema es ¿amor o cama aparte? Entre las reformas exigidas por la troika que afectan a los impuestos, pensiones, salarios, puestos de trabajo y recursos sociales, el proyecto europeo ha entrado en recesión clara. El euro-barómetro así lo expresa. Es, por ello, urgente refundar el proyecto europeo. Aquí no vale tirarse sin paracaídas por la ventanilla del avión cuando éste entra en zona peligrosa e inestable…lo mejor siempre será acomodarse a las pautas que ofrece la tripulación. Pero ésta debe ser autocrítica y debe llevar el debate a todos sus miembros, un debate de ideas que vaya más allá de los acuerdos tecnocráticos entre gobiernos, que lo único que hacen es reforzar los repliegues nacionalistas. El proyecto político europeo no puede limitarse a reducir los deficits.
En este debate de ideas no está de más recordar las palabras de Shuman. Lo tenía claro: “Europa no se creará por una decisión ni a través de una construcción global. Irá surgiendo a través de realizaciones concretas, pruebas de una solidaridad de hecho. Para nosotros – añadía el gran estadista – no hay otra forma de salvación que el retorno al principio de solidaridad entre los individuos y las naciones, a la práctica de la fraternidad que nos debe unir en la cooperación y en el sacrificio.”
Rober Shuman, es una figura relevante en la Europa moderna. Junto a De Gasperi, Adenauer y J. Monnet, reconocidos como padres de la nueva Europa, imprimieron a la acción política una impronta humanista marcada por su fe cristiana y por la defensa de las raíces cristianas de Europa. De hecho, Robert Schuman va camino de los altares.
En una memorable intervención ante el Parlamento Europeo el 11 de octubre de 1988, San Juan Pablo II aludía a tres dominios en los que la reconciliación europea debía todavía entrenarse:
“Ante todo – afirmaba el Papa – el hombre debe reconciliarse con la creación; luego reconciliarse con sus semejantes aceptándose unos a otros, europeos de diversas tradiciones culturales o familias ideológicas, acogiendo también al extranjero y al exiliado; y, por último, reconciliar al hombre consigo mismo.”
La paz y la reconciliación de Europa implican aprender a vivir juntos con todo lo que eso conlleva. Esto es lo que caracteriza este modelo. “La fraternidad cristiana” de la que hablaba Schuman está en el fondo de este reto. Si queremos que emerja esa Europa solidaria, los ciudadanos de Europa y sus instituciones necesitan redescubrir su alma.

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