En este año jubilar – 50 años del inicio del Concilio Vaticano II – los que tenemos edad para recordar, seguro que no olvidamos aquella cuaresma de 1965. Una fecha emblemática y comparable históricamente, por su significado y sus consecuencias, a aquella otra en la que la Iglesia, en el siglo IV, abandonó la liturgia griega para asumir la lengua latina.
Hoy, pasados ya más de cincuenta años, las generaciones que no conocieron aquellos tiempos previos, apenas si pueden sospechar lo que el Concilio significó.
Lo que, en realidad, llamó la atención en aquel primer domingo de cuaresma a los medios de comunicación, a los fieles entrevistados en las puertas de las iglesias y a gran parte de los sacerdotes, fueron los aspectos externos más llamativos de la reforma litúrgica, promovida por el Concilio Vaticano II y promulgado por el Papa Pablo VI apenas hacía dos años. Apuntar aquí lo más visible puede resultar pesado, pero merece la pena: La tímida introducción de las lecturas en la lengua del pueblo – al día de hoy más de 250 lenguas diferentes se usan en la liturgia –, en los cánticos interleccionales, en la plegaria universal, en el canto de entrada, en la preparación de las ofrendas y en la comunión, en las aclamaciones y en el Padrenuestro…la simplificación de la Misa, la omisión de las plegarias al pie del altar y del prólogo de Juan y las oraciones llamadas “leonianas” al final; la proclamación en alta voz de la oración llamada “secreta”, de la doxología final del canon, del Padrenuestro recitado al unísono entre presidente y asamblea; la restauración, después de más de un milenio, de la oración universal; el altar vuelto hacia el pueblo, situado en el centro, de manera que el ministro pudiera presidir vuelto hacia la asamblea; el ambón desde el que el lector podía proclamar la Palabra y podía ser visto, entendido y oído; la sede del presidente, etc. Aquellas reformas fueron para el pueblo cristiano la cara inmediata y la más visible de la revolución que suponía aquel acontecimiento.
El primer gran documento del concilio
La constitución litúrgica fue el primer gran documento aprobado por la asamblea de padres conciliares. No era lo normal: empezar el aggiornamento de la Iglesia – como había definido Juan XXIII al Concilio – por la liturgia no era lo proyectado, pero el largo recorrido que había tenido en Europa los grandes temas propuestos en el documento, el movimiento litúrgico que había roturado el camino y la misma madurez del proyecto de constitución que había tenido en cuenta las miles de propuestas llegadas de todo el mundo, hizo que, ante el rechazo de los otros proyectos, fuera el tema litúrgico el primero sometido a debate y aprobado por 2.159 sí, 19 no y un voto nulo y proclamado por el Papa Pablo VI el 4 de diciembre de 1963. Este hecho, en sí mismo, excepcional, tenía también su coste, como es lógico: al ser el primero y carecer de las referencias que luego saldrían en el resto de las constituciones, adolece de alguna carencia o de afirmaciones poco desarrolladas. Por ello no debemos olvidar que este documento siempre hay que leerlo y entenderlo dentro de esa reflexión conjunta, global, unitaria, que iría surgiendo de aquella aula y que daría como resultado tres grandes constituciones más y numerosos decretos y declaraciones .
Un largo camino
El tema de la celebración cristiana, no es un tema menor en la iglesia, ni mucho menos. Más bien es todo lo contrario: “es la cumbre a la que tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde brota toda su fuerza”, afirma el mismo Concilio. No obstante llegar a esta convicción o, mejor, redescubrir esta convicción tan presente en la comunidad cristiana desde sus orígenes, no fue fácil. La idea que hasta el momento se tenía de la celebración y que todavía hoy subyace en muchas actitudes, y posturas frente a la liturgia, reduce la mayoría de las veces la liturgia a puro ritualismo ceremonial, a simple esteticismo, cuando no a puro legalismo normativo. Algo que ya Pio XII rechazó como reduccionista tratando de poner el acento en la gran conquista del movimiento litúrgico: una visión teológica de la celebración. La celebración cristiana es eso, acción, presencia, confesión de un acontecimiento expresado en signos, ritos, símbolos…es decir, en una visibilidad que debe hablar a los sentidos y que apunta a un Misterio que se hace “hoy” en los pobres pañales de unos gestos que al mismo tiempo que revelan, también ocultan. Y no es cuestión de poner riqueza donde hablo de pobreza, sino de poner autenticidad, coherencia, donde muchas veces sólo hay atrezzo. Qué duda cabe que la belleza de una coral, o la grandeza de un espacio, pueden mover y provocar nuestros sentimientos y eso está bien, pero no basta. Lo que le da valor a la liturgia cristiana es la “verdad” de aquello…que aquello sea expresión siempre y nunca sustitución de nuestra vida, que aquello no sea autocelebración de las conquistas y avatares del grupo, sino de Cristo, el Señor.
Las grandes adquisiciones
Esta es, sin duda, la gran propuesta conciliar: “reformar” para que el pueblo cristiano pueda comprender con mayor claridad lo que en la liturgia se significa y pueda participar en ella por medio de una celebración plena, activa y fructuosa…”. El verbo “participar” vertebra gran parte de este documento y eso no podemos obviarlo. Frente a aquellas celebraciones amorfas, pasivas y puramente visuales, donde no entendíamos nada porque era en latín, donde no atendíamos a lo que se hacía, porque nos ocupábamos de otra cosa – por ejemplo rezar el rosario – , el Concilio propone tomar parte activa, interiorizar los gestos, los ritos y traducir en la vida lo que allí expresamos y confesamos. La liturgia vendría a ser como esa última etapa de la historia de la salvación en la que el creyente se abre al Misterio de Dios consumado en la muerte y resurrección de Cristo. Ese Cristo presente en la celebración – en su Palabra, en la Eucaristía, en la persona del sacerdote que preside y en la asamblea – y con el que el creyente se encuentra y acoge por su participación. Una participación que no es solo ritual, sino vital: porque la liturgia del cristiano abarca toda su vida y es toda su vida, trabajo, relaciones, proyectos, lo que debe ser un culto al Padre, aunque en la celebración se condense y sacramentalice esa condición sacerdotal de todo bautizado. Esta densidad y profundidad del texto, hace que este Concilio definido como pastoral adquiera también unas connotaciones teológicas. Por eso aquel momento que evocamos en este año no fue sólo un punto de llegada, sino sobre todo un punto de partida…
Junto al tema de la “participación” aparecen otras intuiciones y recuperaciones que no debemos tampoco olvidar: la Iglesia entendida como “pueblo de Dios”, el protagonismo de la asamblea como signo y expresión de esa Iglesia, la acción litúrgica como acción del Cristo total, presbítero y asamblea; el rito como expresión y significación de un encuentro, la importancia de la Palabra dentro de la celebración, la unidad entre esa Palabra y la Eucaristía, la dimensión comunitaria y eclesial de las celebraciones, etc.
Un itinerario cuajado de minas
Este cambio y este esfuerzo por abrir ventanas no dejaron indiferente al pueblo creyente. Sin embargo, mientras la inmensa mayoría se congratulaba de aquel acontecimiento que había sido preparado a través de decenas de años, de estudio y de fatiga, algunos acérrimos defensores del pasado se levantaban nostálgicos y apocalípticos, ante lo que consideraban un ataque a la unidad y tradición de la Iglesia. Muchos fueron los libelos desconcertantes que circularon entonces, – alguno prologado incluso por un eminente cardenal – combativos y sistemáticos contra aquellos que tuvieron un quehacer destacado en la reforma, apuntando de forma especial contra el mismo Pablo VI. Hoy todavía vivimos algunos de aquellos coletazos. De hecho toda la confrontación de los lefebrianos tiene gran parte su origen en aquel barro.
Los nuevos retos
Hoy sin embargo estamos ya en otra órbita. Y las preguntas son otras. Estas van desde la necesidad de pasar de una reforma externa, formal, a una vivencia más auténtica y vital de la fe celebrada. Están también los que plantean la necesidad de nuevos odres para el vino nuevo del hombre postmoderno que no entiende un lenguaje en el que sin duda no está iniciado. Hoy, superado ya el binomio evangelización – celebración el creyente, incluso practicante, no encuentra en la celebración ese punto de confluencia para encontrarse y superar las divisiones, dándose a veces la paradoja de encontrarse más unidos por una ideología que por la persona de Cristo que dicen confesar y celebrar juntos. Otro problema es el lenguaje, difícil de entender para el no iniciado y que desnuda y pone en evidencia otras carencias fundamentales. La tensión entre la dispersión y la concentración, esa doble dinámica que debemos establecer entre un cristianismo vivido en el aislamiento en medio de una sociedad plural y la necesidad de encontrarnos para sobrevivir y no perder la identidad. Este problema se agudiza, en este momento, por la fuga de tantos cristianos de la práctica dominical y la escasez de sacerdotes que condiciona la celebración eucarística. La inculturación, etc. Los retos son numerosos, pero no peores que los que vivieron generaciones anteriores.
Yo diría que hemos ido alcanzando y superando algunas metas volantes, pero aún no hemos llegado a la meta, ni mucho menos. El concilio Vaticano II, convocado por iniciativa de Juan XXIII y continuado y concluido por Pablo VI, constituye el número veinte y uno en esa larga serie de asambleas conciliares. A partir de aquel momento, que evocamos de un modo especial en este año, un nuevo aire ha penetrado en la Iglesia y desde entonces ha supuesto un punto de mira obligado para cualquier proyecto pastoral que se precie y, en concreto, para cualquier nueva evangelización. En su día fue un punto de llegada y de confluencia de la intuición del papa bueno y de las corrientes históricas de entonces, sobre todo europeas, pero el Concilio no fue sólo eso, fue también una parrilla de salida y en eso estamos.