No es la fiesta de los difuntos, ni la fiesta de halloween. La Iglesia celebra el primero de noviembre la fiesta de los santos, de todos los santos. De todos aquellos que han vivido su adhesión a Cristo en el día a día, a muchos de los cuales hemos conocido y con los cuales nos hemos relacionado a lo largo de nuestra existencia. No son santos de primera. Es decir, canonizados y elevados a los altares. Son santos de clase media e incluso de clase baja. Los hay y son numerosos. Hombres y mujeres serviciales, atentos, callados, coherentes. La inmensa mayoría de ellos pasan desapercibidos y sólo los echamos de menos cuando faltan. Hombres y mujeres, llamados por Dios y transformados por Cristo y el Espíritu Santo.
Esta no es una fiesta que hunda sus raíces en los textos bíblicos, como la mayor parte de las fiestas litúrgicas: Navidad, Pascua, Pentecostés. Ha sido instituida por la Iglesia para dar respuesta, a lo largo de su historia, a situaciones diversas: primero fue una celebración de todos los mártires y luego fue una celebración que se extendió a todos los santos. En Roma ya existía en el siglo V y el Papa Bonifacio IV en el año 610 la fijó , en un primer momento, el 13 de mayo, en el que trasladó hasta el templo pagano del Panteon de Roma, que se denominó en adelante de “Santa María y de los mártires”, todas las reliquias de los mártires enterrados en las Catacumbas. En el año 835 el Papa Gregorio IV extendió su celebración a toda la Iglesia En el siglo XX el Papa S. Pio X la insertó en la lista de fiestas de precepto pasando a partir de entonces a ser un día de descanso.
La fiesta de todos los santos ilumina el día 2, conmemoración de todos los fieles difuntos, subrayando así una de las verdades de nuestro credo cristiano: la comunión de los santos. La Iglesia es una comunión de todos los creyentes, tanto vivos como difuntos . El Concilio Vaticano II la describe así: “Todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en Él se unen entre sí, formando una sola Iglesia. De manera que la unión de los que peregrinan con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales” (LG 49).
Nuestra fiesta de los “finaos”, es decir de aquellos que ya han alcanzado la meta como denominamos estos dos días entre nosotros los canarios, apuntan a un hecho verdaderamente esperanzador y merece, sin duda, hacer fiesta.