El volcán de la Palma

El volcán de la Palma nos impresiona. Nos recuerda que la tierra está viva y su fuerza siembra al mismo tiempo dolor y belleza.

En estos tiempos en que la Tierra alcanza titulares de primera página por sus desequilibrios y su degradación, el volcán vomita su rabia y su fuego contenido y destructor. Más de 1.500 volcanes, como heridas, exhiben su interminable sangría, el rugido de su vitalidad. No lo olvidemos. La Tierra está viva y ante su desparpajo salvaje poco podemos hacer.

Evidentemente hay fenómenos naturales que tienen vida propia y ante su irrupción poco podemos hacer, pero hay otros que podemos prever, bloquear, evitar, controlar…Lo que no podemos hacer, ni debemos hacer, es vivir como si la tierra fuera un escenario muerto, un objeto prisionero de nuestros caprichos o un inmueble adquirido en propiedad.

Frente a esta grandeza que nos reduce a límites insospechados en nuestro afán de poseer, está la tragedia humana de los que son víctimas directas de estos latigazos de fuego. Es grandioso ver también ante el dolor ajeno la fuerza interior que es capaz de generarse en los humanos. La solidaridad sigue siendo nuestra mejor carta de presentación. El dolor y la compasión, la belleza y la destrucción, el ángel y el demonio. Todo a un mismo tiempo, como la vida misma.

Nuestro cariño y nuestras ganas de empujar. ¡Que no se apaguen cuando se duerma el volcán!

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