Viernes Santo: Sólo saldrá la procesión del Silencio.

 

La salida de la Soledad, el Viernes Santo a la noche, es una de esas procesiones que, sin entrar en los esquemas litúrgicos, el pueblo ha llenado de verdad: se masca el silencio. Es un cortejo donde todos son protagonistas, porque no hay mayor crueldad que hacer del dolor ajeno un espectáculo. Todos caminan en olor de madre, sola, contenida. Arrebujados tras su manto de un negro interminable, avanzan niños, cofrades, mujeres y hombres, en la noche de la ciudad, en la oscuridad del Gólgota.

“Esto sí que es una procesión”, me espetó un día, mientras pasaba la manifestación callada, un chico del servicio de una terraza que, al tiempo que entornaba la puerta del bar, se acercó como pudo, a dejar constancia de su sentimiento. Y es que donde hay verdad, también hay fascinación.
Este año tampoco habrá, como sucedió el pasado año, procesiones de Semana Santa. Tampoco saldrá la procesión de la Soledad en la noche de este viernes. Pero sí habrá silencio.

Lo necesitamos. El Covid dificulta la respiración, pero también la bloquea el ruido, la bulla, la actualidad que se superpone y nos impide el ejercicio ecológico de separar lo importante de lo accesorio, lo que es el flash del móvil del latigazo del relámpago.

Necesitamos respirar y el silencio es la oxigenación de la palabra, de todo aquello que interpela o suscita el diálogo. Se dice de la música de Mozart que hasta los silencios que la preceden o siguen a su ejecución son obra del autor, hasta tal punto son necesarios esos espacios para entender su lenguaje. Si esto, lo experimentamos ante cualquier persona que nos habla o ante una obra de arte fascinante ¿qué decir ante el cortejo de muertos que ha crecido como en las grandes riadas, la amenaza de la pandemia que llama más de dos veces y desfila con todas sus víctimas o los grandes temas del momento: eutanasia, migración, desequilibrio social, normalidad “nueva”?.

Más que nunca, necesitamos procesionar con las palabras y sacar a la intemperie los nazarenos que llevamos dentro. En esta sociedad de la abundancia carecemos de silencio, un bien, sin embargo, de consumo vital y por tanto necesario. Sin silencio no hay palabra, ni música, ni belleza, ni encuentro, ni democracia, ni iglesia, ni futuro nuevo.

Ante nosotros sigue discurriendo el rio de la vida. Pasa con los despojos del momento, pero también con los lodos que alimentan el delta y aseguran la calidad de las cosechas. No somos consumidores de un show gratuito, somos actores y, por supuesto, responsables.

“Ante ti pongo la vida y la muerte, elige,” dice la Escritura y para elegir tenemos que discernir y, por supuesto, arriesgar.

En estos días, las calles se vaciarán a las 22 horas, porque el toque de queda nos obliga a recluirnos en casa, pero urge, como nunca, concentrarnos en el corazón, volver a los orígenes de lo que somos, de lo que queremos ser, y dar paso a la interioridad. Podemos hacerlo, porque este espacio nadie, desde fuera, puede perimetrarlo.

En un mundo donde rige la oferta y la demanda, la escasez de calma y de silencio ha disparado este mercado todavía minoritario, pero con futuro. También pasa en la Iglesia. ¡Hasta tal punto hemos multiplicado las palabras, los cantos y el ruido en torno al altar que el silencio se echa de menos!

Hablando del silencio litúrgico decía Guardini (un gran teólogo alemán del siglo XX):
Si alguno me preguntara dónde comienza la vida litúrgica, le respondería: con el aprendizaje del silencio. Sin eso, todo carece de seriedad y resulta vano…Este silencio es la condición previa a toda acción sagrada.

En la liturgia del Viernes Santo el silencio es elocuente, es un elemento clave. Mañana Sábado Santo, ese silencio lo llenará todo hasta la celebración pascual que emerge de ese silencio.

Transitar por el silencio hoy y mañana no es un viaje al vacío o a la ausencia convencional de cualquier ruido presente siempre en todo duelo, sino un compás y un terreno imprescindible para pensar, para cerrar los ojos, para soñar. Es el mutis colectivo de un pueblo habitado por cuanto le afecta, que dará paso a la Palabra nueva y ha de generar un futuro diferente como respuesta. Al principio era el Silencio y sin él todo carece de credibilidad.

Lo peor que podría pasarnos a todos cuantos avanzamos por la interminable vía dolorosa que cruza nuestro momento, es vivir en el futuro como si la pandemia no hubiera existido, no aprender de ella. Es lo peor que podría pasarnos a escala social, pero también eclesial. La gran crisis del Covid ha agudizado y puesto de manifiesto la fatiga de la Iglesia. La tentación es seguir actuando como “se ha hecho” siempre, sin mirar la dura realidad que nos plantea retos nuevos. Es imprescindible procesar cuanto acontece, leer en profundidad los signos de los tiempos. Y es en el silencio donde sólo pueden madurar las decisiones.

En este Viernes Santo no habrá cofradías, cornetas, ni tambores, sólo desfilará la del silencio. Pero no recorrerá las calles de la ciudad, sino que tendrá como estación penitencial nuestro interior, esa rotonda del corazón donde todo confluye y desde donde todo puede ser redistribuido de forma nueva. Sin silencio todos somos reducidos a simple comparsa. El silencio nos empodera cuando está habitado.

José Luis Guerra

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