¡Ahora caigo!

Y cayó la palmera, batida por la lluvia y el viento de Filomena. Llevaba días un poco más inestable y muchas veces la imaginé doblada. Pero no así. La imaginaba quebrada y rota, sin melena. Y evidentemente, los riesgos y el peligro se multiplicaban.
Ahora descansa en la cornisa que rompió del golpe, herida por los cristales de la terraza de un edificio de la Alameda. La calle está acordonada y algún que otro curioso se acerca a inmortalizar la escena. La policía vigila, han pasado los bomberos de inmediato y una gran grúa, como un depredador gigante, se dispone al arrastre. Llueven hilos que el sol los convierte en plata.
Son las dieciseis treinta de la tarde y el perfil de la iglesia de San Francisco desde el fondo de la calle del Dr. Déniz ya no será el mismo. La palmera, infinita, delgada y levemente inclinada sobre el cemento, aguarda ahora la decisión definitiva.
Era un flabelo de honor junto al templo, una testigo de historias de muchos años. ¡Que el frio de estos días la conserve en la memoria del barrio y “la vaguada”, que la ha derriba casi sin hacer ruido y sin grandes daños, la devuelva para siempre a la tierra. Se lo merece, ella que vivió siempre entre el asfalto.

Escrito por