¿Se anula el pasado destruyendo las estatuas?

 

Estamos asistiendo en estos días a la rebelión masiva de miles de ciudadanos americanos ante la injusticia y la discriminación frente a los afroamericanos. La última explosión ha sido motivada por la muerte absurda de uno de ellos, asfixiado por la rodilla de un policía. Y la rabia ha llegado hasta la otra ribera del mundo, alcanzando a las estatuas y monumentos de individuos ambiguos, si no negativos, de la historia, que han terminado decapitados o por los suelos, a los pies de sus pedestales. ¿Realmente no tienen derecho a ocupar un puesto en medio de nuestras calles?

De inmediato, nos viene a la memoria dos hechos históricos. Uno, el debate después de la segunda guerra mundial sobre la necesidad de mantener la memoria de los lugares nazis, al menos parcialmente y de forma simbólica; el otro, la destrucción por los talibanes de los Budas de Bamiyan que dos años después de su destrucción, fueron inscritos por la Unesco entre el patrimonio de la humanidad, a ver si así podíamos recuperarlos.

Esta pandemia iconoclasta es vieja como la humanidad y la lógica que preside estos gestos es la lógica binaria de lo verdadero/falso, lo bueno/malo, lo justo/equivocado, que excluye todos los grises y todas las contaminaciones presentes en el devenir humano. Con este criterio, por ejemplo, se destruyó en su tiempo la Biblioteca de Alejandría o fueron destruidas en las últimas guerras europeas, incluyendo la española, iglesias, imágenes y edificios emblemáticos., cuando no, ciudades enteras.

Ahora, esta furia ha alcanzado a Colón, a Colston y a otros personajes más cercanos. El racismo es un mal y, por tanto, hay que eliminar todo aquello que de una forma u otra lo reclama. Pero, claro, con ese principio habría que hacer una hoguera con cientos de obras de escritores que se adhirieron al fascismo, al nazismo o racismo. Muchos de ellos escritores de primera fila.

El tema no es fácil. Tenemos necesidad de imágenes tanto en el ámbito civil como religioso, porque somos animales simbólicos, pero elevar un personaje a mito o a ídolo es siempre peligroso. La Iglesia vivió un debate sobre este tema en el segundo Concilio de Nicea. Ahora, en contexto diferente, vuelve de nuevo el tema.

Cuando la imagen de un personaje viene esculpida e instalada en la plaza pública o en las calles de la ciudad, ese personaje es elevado a mito. Pero no todo mito es siempre alguien a imitar e incluso positivo. Por supuesto, no lo es para aquellos que han tenido opciones diferentes en su momento, pero tampoco lo es, por simple desconexión cultural, para aquellos que no vivieron su contexto histórico.

La historia no se anula tirando abajo una estatua o realizando nuestro particular Fahrenheit. No seamos iconoclastas, pero tampoco seamos idólatras. La historia es la que es y se aprende no sólo en los libros, también se aprende paseando por la ciudad, atravesando sus plazas y calles.

No olvidemos que en el mimo parque del Retiro podemos ver la imagen del ángel caído…Me imagino que no está allí para honrarlo, sino más bien para no olvidarlo…porque existir, existe.

Escrito por